Un reciente informe de la consultora Taquion revela una cifra que debería sacudir la modorra de toda la clase dirigente: la mitad de los jóvenes de nuestro país no sabe qué será de su futuro, sumergidos en una incertidumbre que ya no es solo económica, sino existencial.
Para departamentos como San Rafael, esta realidad se palpa en el goteo constante de talentos que buscan en otras latitudes lo que su tierra parece negarles. No es solo el joven que sueña con Buenos Aires o el exterior; es el hijo de la familia trabajadora, el graduado de nuestras universidades y el emprendedor local que sienten que el esfuerzo ha dejado de ser un motor de ascenso social.
Analizar este fenómeno nos obliga a mirar más allá. El pesimismo juvenil es el resultado de décadas de inestabilidad, pero se ve agravado por un presente que parece haber reemplazado la planificación por la supervivencia. El avance de la precariedad laboral y la erosión del poder adquisitivo han convertido la independencia en una utopía. El acceso a la vivienda o la simple estabilidad de un sueldo digno son hoy fronteras infranqueables para quienes recién comienzan su camino.
La política, en todas sus vertientes, parece haber perdido la brújula para hablarle a esta generación. Se gasta energía en disputas de palacio mientras casi el 60% de nuestros jóvenes contempla la posibilidad de emigrar. No se trata solo de una fuga de cerebros; es una fuga de futuro. Estamos permitiendo que el escepticismo sea el sentimiento dominante en la franja etaria que debería estar aportando la vitalidad y la innovación necesarias para salir de la crisis.
La verdadera reconstrucción de la República no vendrá de la mano de una sola medida macroeconómica, sino de la capacidad de devolverles a los jóvenes la certeza de que su esfuerzo tiene sentido en su propio suelo. Sin una apuesta decidida por el empleo de calidad, el acceso al crédito y un horizonte de previsibilidad, seguiremos siendo testigos de cómo nuestra mayor riqueza —el capital humano— elige el exilio ante la falta de una propuesta de vida digna.







