El fenómeno de los gerentes en el poder público

En febrero de 2017 y a poco de haber asumido Donald Trump la presidencia de Estados Unidos, el semiólogo venezolano Aquiles Esté analizaba en su columna de The New York Times: “Avanza la antipolítica y, con ella, su relato sobre la incapacidad estructural de las instituciones, los sindicatos, los partidos y los propios líderes políticos para resolver los problemas de los ciudadanos. En esa estela, poco sorprende el aumento sin precedentes del número de hombres y mujeres de negocios que saltan directamente de las empresas a los asuntos públicos”.
Esté se mostraba en esa columna pesimista respecto a la actuación del inefable Trump al frente de la principal potencia mundial, ya no por sus palmarios desaguisados discursivos o por sus actuaciones personales muchas veces impresentables, sino por una cuestión más bien fáctica e histórica.
“La realidad es que la experiencia empresarial puede ser irrelevante o incluso volverse un impedimento para una buena gestión presidencial. Eso ayudaría a explicar por qué en la era moderna, tres de los siete presidentes venidos del campo empresarial tuvieron que desalojar la Casa Blanca luego del primer período”, informaba el analista venezolano quien, a la vez, explicaba en el mismo escrito por qué quienes llegan a los lugares dirigenciales públicos no pueden aplicar las mismas políticas que utilizan en sus empresas (no pueden despedir empleados como en el ámbito privado, no pueden gastar los dineros públicos como lo hacen con los propios y no siempre tienen la última palabra decisoria como en sus compañías, entre otras diferencias de escenarios).
“Manejar ese país como un director general es una fórmula segura para crear trabas a las decisiones a lo largo y ancho del aparato del Estado”, concluía entonces Esté. La “experiencia Trump” y los gerentes empresariales haciéndose cargo de gobiernos se extendió por toda América. Por ahora, la realidad parece darle la razón a las previsiones del venezolano.