El fracaso del único dogma

El modelo económico del presidente Milei se presentó ante la sociedad argentina con una promesa de hierro: el sacrificio del presente sería el precio necesario para aniquilar la inflación. Bajo esta premisa, se puso en marcha un ajuste de una agresividad inédita, justificando la parálisis de la actividad y el derrumbe del consumo como daños colaterales de una guerra santa contra los precios. Sin embargo, a esta altura del mandato y con los datos de marzo sobre la mesa, el escenario es desolador: la inflación persiste con una inercia que se devora los presupuestos oficiales en apenas un trimestre, mientras que todos los indicadores de la economía real son drásticamente peores que aquellos que el libertario recibió al asumir.

El balance de gestión, si se aleja de la pirotecnia de las redes sociales, es una sucesión de números rojos que golpean el tejido social. La actividad económica languidece, el consumo se ha desplomado a niveles de crisis histórica y el poder adquisitivo de los salarios ha quedado reducido a una expresión mínima. Este diagnóstico no necesita de consultoras, ya que lo vemos en San Rafael y en cada rincón del país: persianas que bajan, fincas que no pueden sostener sus costos y una clase media que ha sido empujada al límite de la subsistencia. Lo que resulta inaceptable desde el espíritu republicano es que se haya sometido al país a un «invierno» tan crudo sin haber logrado, a cambio, la estabilidad prometida.

El dato de marzo, con un acumulado que ya roza el total previsto para todo el año, deja al descubierto la falacia del plan. Si el ajuste se apoyaba en la idea de que el equilibrio fiscal traería orden monetario y, por ende, paz en las góndolas, la realidad ha demostrado que la economía es mucho más que una hoja de cálculo.Lo que vemos, en cambio, es un modelo que ha enfriado la economía hasta la congelación, pero que no ha logrado domesticar unos precios que siguen corriendo por el carril de la incertidumbre.

Hoy, la Argentina de Milei es una Argentina más pobre, más desigual y con una inflación que sigue siendo el principal verdugo del bolsillo.

En definitiva, estamos ante un gobierno que se ha quedado sin el único éxito que podía exhibir. Con las metas presupuestarias pulverizadas antes de llegar a la mitad del año y con una recesión que muerde cada rincón del aparato productivo, el relato del «sacrificio necesario» empieza a perder legitimidad. No se puede pedir más paciencia cuando los resultados demuestran que el pretendido remedio no está dando resultados. 

La gestión libertaria debe entender que una economía sin consumo y sin actividad es, en última instancia, una economía muerta. Y no hay estabilidad fiscal que valga si en el camino se termina por desintegrar la capacidad de supervivencia de un pueblo que ya no tiene más margen para el ensayo y el error.