El fundamental rol de quienes deben proteger a la sociedad

La investigación que lleva adelante la justicia local respecto al accionar de una banda que se dedicaría a cometer robos en nuestro departamento y que estaría integrada –entre otros- por un policía, ha deparado varios acontecimientos que merecen llevarnos a la reflexión, cuando no a la preocupación.
Tras la detención del oficial Jonathan Osorio, algo que provocó estupor e indignación en la sociedad sanrafaelina y en el seno de la fuerza, ahora se conocieron algunos acontecimientos llamativos y alarmantes en el marco de dicha investigación, como -por caso- la posibilidad de “zonas liberadas” para que los ladrones cometieran sus robos, móviles policiales que desoyen las órdenes del Centro Estratégico Operativo o, la más grave de todas, que un testigo de identidad reservada que tiene la causa recibió un llamado desde la cárcel (donde están Osorio y sus presuntos cómplices), en lo que parece ser un claro acto intimidatorio para quien podría aportar datos sustanciales a fin de determinar la responsabilidad penal de los acusados.
No existe combinación más nefasta que la que convierte en socios al crimen con la Policía y la Justicia. Nuestra sociedad necesita casi con desesperación que el delito disminuya y también necesita confiar en quienes deberían atacarlo. Evidente resulta que el Estado cuenta con una enorme mayoría de funcionarios honestos que, con frecuencia, realizan bien su trabajo. Combatir la criminalidad y la corrupción dentro de los servicios de seguridad y de justicia redundará en una mayor tranquilidad ciudadana y en que los funcionarios “sanos” no sientan que sus esfuerzos resultan vanos.
Pero cuando quienes tienen a su cargo nuestro cuidado no cuentan con sistemas eficientes e integrales de selección y capacitación, ni mecanismos eficaces de control de desempeño y legalidad, ni condiciones de trabajo adecuadas, ni sistemas y procedimientos dinámicos de conducción institucional y operacional, entre otras condiciones, las oportunidades de corrupción se acrecientan. Y cuando la corrupción y el delito están en cabeza de quienes deberían defender y hacer cumplir la ley, la comunidad sufre una lacerante herida.