El mayor desafío de una sociedad deprimida

Semanas atrás, en su habitual espacio en diario Perfil, el periodista y sociólogo Carlos De Angelis sostenía que el reto principal de esta etapa del país es sacarlo del estancamiento, un estancamiento que puede leerse en indicadores económicos (inflación, caída de la producción y el consumo, entre otros), pero cuyo mayor daño es provocado por el estancamiento subjetivo, “ese que produce narrativas sociales desmoralizadoras sobre el futuro del país, que lleva a la queja y pesimismo frecuente, a la falta de perspectivas y que impulsa a los más jóvenes –especialmente a los de mayor formación educativa– a evaluar otros horizontes para vivir su vida. Este marasmo es quizás la herencia principal e invisible del macrismo, la demolición de la estructura productiva del sentido de comunidad en pos de un proyecto de un país a la chilena. Es una suerte de ‘depresión social’ que no mengua ni siquiera con la expectativa de un nuevo gobierno y le demanda una reacción más veloz de lo que permite el ciclo económico”, sostenía de Angelis en su artículo.
Otros estudiosos de la psicología y la sociología argentinas han coincidido en que somos una sociedad deprimida y que esa condición afecta nuestras capacidades, nuestros modos de relacionarnos unos con otros y nuestras aspiraciones y deseos. Como ocurre en las personas, la depresión de las sociedades no aparece de un día para el otro sino que se va instalando con el correr de los años en la medida en que no vemos las soluciones a nuestros endémicos problemas y pesares.
Allí pareciera estar el comienzo de una eventual salida a este estado de la conciencia y el ánimo nacional: tomar decisiones dirigenciales y ciudadanas que beneficien a una parte mayoritaria de la comunidad hará que podamos comenzar a mirar con ojos un poco más esperanzados el futuro. En ese cambio no solo están involucrados los factores económicos aunque, ya sabemos, estos suelen resultar fundamentales para otras muchas variables a optimizar.