El modelo que cruje: ¿fin de la ilusión o confirmación de lo sabido?

En la Argentina de estos días, la economía se ha vuelto la única religión, la única verdad a la que se apela para explicarlo todo, desde el destino de un país hasta la angustia cotidiana de la gente. Pero, como en toda fe impuesta, hay un punto donde el relato se choca de frente con la realidad, y es ahí donde se revela la fragilidad de un discurso construido sobre promesas que el mercado, ese mismo que se dice libre, no parece dispuesto a honrar.
Lo que vimos en las últimas jornadas, con el dólar saltando y la desesperada intervención del Banco Central, no es un mero dato técnico. Es una confesión. La prueba de que el evangelio de la no intervención, del libre mercado sin ataduras, no resistió ni el primer cimbronazo serio. Ello con el agravante de que se le venden esos dólares devaluados a los mismos a los que Caputo, en su anterior gestión en el Central, se los vendió.
Es el reverso de la medalla. El gobierno se jacta de un superávit fiscal que, a la vista de los indicadores de riesgo país y de la cotización del dólar, no logra convencer a nadie de su sustentabilidad. Es un superávit conseguido una fuerza de «motosierra», de un ajuste brutal sobre los ingresos y la calidad de vida de millones. Pero, ¿de qué sirve una caja ordenada si nadie cree en el futuro del proyecto? El mercado, que se dice aliado, no le compra al Gobierno el final de la película.
La inflación, por su parte, se ha convertido en una especie de instrumento político. Mientras la amenaza sigue ahí, el gobierno tiene un enemigo al que combatir y una épica que contar. Pero la paradoja es que si la inflación cae, ese enemigo se desvanece y ya no habrá relato bancando el ajuste. Si, por el contrario, sube, la única cucarda que exhibe el mileísmo se habrá perdido.
La realidad siempre es más terca que cualquier narrativa. Y lo que vemos en la calle es la realidad que resiste a ser metida en una caja de bronce. Se parece mucho al fin de una ilusión o la confirmación de algo que ya hemos visto demasiadas veces en el pasado.