El mundo cayendo en un hoyo

Uno de los recientes estrenos de la plataforma Netflix, a la que la cuarentena muchas veces obliga a prestar atención, es la película española titulada “El hoyo”. La ópera prima del director vasco Galder Gaztelu-Urrutia cuenta la historia de un hombre que ingresa en una especie de cárcel pero con una característica particular: las “celdas” están dispuestas por niveles.
Los internos están un mes en determinado piso y luego son derivados a otro, que puede ser más arriba o más abajo, con una diferencia sustancial: los que están en lo más alto reciben los distintos platos de exquisita comida que elaboran un distinguido chef y su amplio grupo de aprendices, pero a medida que esa oferta gastronómica desciende por el hoyo al que alude el título, van quedando las sobras, los restos que van dejando los de los pisos superiores. Así, a los de los niveles inferiores les quedan las migas o nada.
Durante los 94 minutos que dura el film, el personaje llamado Goreng (interpretado por Iván Massagué) pasa por diferentes pisos con alternativas que varían, básicamente, según la cantidad de alimento de la que dispone junto a un eventual compañero de piso. La estadía en cada piso dura un mes y las experiencias de Goreng son bien distintas estando en el piso 33 que estando en el 171. En determinado momento, Goreng llega al piso 6, donde tiene mucha comida a su disposición. Sin embargo, es allí donde decide intentar ordenar el consumo por piso para que todos tengan un poco.
Sin ánimo de adelantar la película ni mucho menos su final, hay que decir que esa intención “redistribucionista” en medio de un sistema a todas luces injusto e interesado pareciera una pintura de la sociedad mundial actual, donde la distribución equitativa de la riqueza (y de los alimentos) brilla por su ausencia.
La película de Gaztelu-Urrutia es una provocación, pero también una invitación a (re)pensar los rasgos de solidaridad –y sus opuestos cínicos– en este imperio del “sálvese quien pueda” que, en general, es el mundo contemporáneo.