El Nihuil: una crisis que requiere el aporte de todos
La historia de San Rafael es la crónica de una lucha incansable contra la aridez, un relato donde el ingenio humano logró transformar el desierto en un jardín mediante el control de sus ríos. Sin embargo, aquel espíritu pionero que cimentó nuestra identidad hoy se enfrenta a una prueba de madurez política y social sin precedentes. La crisis hídrica, que ya transita su décimo primer año consecutivo, ha dejado de ser una contingencia meteorológica para transformarse en un escenario de disputa donde convergen visiones fragmentadas y, a menudo, contrapuestas sobre un recurso que ya no alcanza para satisfacer a todos. El lago de El Nihuil es una muestra de ello.
Desde Irrigación se responsabiliza de la histórica baja del lago a una cuestión meramente relacionada con la sequía. Al mismo tiempo, se afirma que el manejo de las cotas corresponde a las hidroeléctricas y que, más allá del aspecto, las aguas de ese espejo no están contaminadas.
En el centro de esta tormenta se encuentran los regantes, los productores que sostienen el tejido productivo del sur mendocino. Para el hombre de campo, la bajante del Atuel no es una estadística, es una amenaza existencial. La oferta de agua para esta temporada, reducida drásticamente, los coloca en una situación de vulnerabilidad extrema donde cada turno de riego se pelea como una batalla final.
Frente a ellos, la visión de las empresas hidroeléctricas representa el choque entre los intereses locales y los contratos de concesión. El manejo del caudal en función de la generación de energía a menudo ignora los ciclos biológicos de los cultivos, dejando al descubierto una asimetría de poder donde el agua parece valorarse más por los kilovatios que produce que por los frutos que genera en la tierra.
Por otro lado, la mirada de los turistas y los prestadores de servicios en El Nihuil añade una capa de complejidad estética y económica. Para el visitante, el lago que se retira es una postal de abandono que hiere la temporada estival; su visión es la del impacto visual inmediato, la del recurso como paisaje y recreación. Esta multiplicidad de perspectivas —el agua como vida, como energía, como negocio y como recreo— ha derivado en una orfandad de gestión estratégica.
Mientras cada sector observa el fenómeno desde su necesidad particular, El Nihuil sigue bajando. La administración de la crisis requiere, imperiosamente, que la política recupere su función de árbitro técnico para evitar que el oasis termine devorado por la fragmentación de sus propios beneficiarios.