La consolidación de la «Argentina dual» —esa fractura estructural que este espacio analizó recientemente— vuelve a exhibir sus vísceras en uno de los motores vitales de nuestra región: el turismo. El reciente fin de semana largo, asociado a la conmemoración del general Martín Miguel de Güemes, ha dejado un sabor amargo y una certeza inocultable en los pasillos de hoteles, restaurantes y comercios locales. Ni siquiera el beneficio de un puente turístico logró amortiguar el impacto de una recesión que ya no pertenece al terreno de las estadísticas macroeconómicas, sino al de la supervivencia diaria. Lo que debió ser una bocanada de aire fresco para el sector se transformó en la confirmación de una crisis fenomenal del poder adquisitivo y el consumo.
Durante años, los fines de semana largos funcionaron como un respirador artificial para las economías regionales. Eran el bálsamo que permitía a los prestadores sostener el empleo genuino, pagar salarios y proyectar inversiones en las temporadas bajas. Sin embargo, el preocupante balance actual demuestra que ese mecanismo de compensación está roto. La drástica caída en los niveles de ocupación y, fundamentalmente, el desplome del gasto per cápita de los pocos visitantes que lograron viajar, exponen el vaciamiento sistemático de los ingresos de la clase media argentina, el histórico combustible del turismo interno. Hoy, viajar se ha convertido en un artículo de lujo suntuario para una minoría, mientras la gran mayoría de la población destina la totalidad de sus recursos a cubrir la canasta básica y los servicios esenciales.
El turismo es, por definición, una actividad democrática y distributiva: el dinero que ingresa a través de un visitante derrama de manera inmediata en el hotelero, en el mozo, en el taxista, en el guiador de turismo y en el almacenero de barrio. Cuando este circuito se corta, el impacto social es directo y doloroso. La destrucción del consumo interno opera como un torniquete que vacía las mesas de los restaurantes y deja habitaciones vacías, desnudando la falacia de que una economía puede florecer de espaldas al bienestar de sus habitantes.
Para nuestra zona, el panorama es grave. San Rafael ha edificado con esfuerzo multifamiliar y empresarial una marca turística de relevancia nacional, transformando esta actividad en uno de los pilares de su matriz productiva junto a la agricultura y el comercio. Ver el desinflado de las reservas en vísperas de la temporada invernal genera una legítima alarma en todo el tejido social.
La crisis del sector no representa únicamente un balance contable negativo para un puñado de empresarios; significa la pérdida de puestos de trabajo para cientos de jóvenes locales, la caída de los ingresos comerciales y el estancamiento de una comunidad que ve cómo se apagan sus motores tradicionales de desarrollo.
Esperar que las economías regionales subsistan por inercia, mientras se desmantelan las herramientas de fomento y se destruye el salario real, es un ejercicio de peligrosa ceguera política. San Rafael y el sur mendocino necesitan, de manera urgente, una mirada estratégica que vuelva a poner el eje en la producción real y en el mercado interno. De lo contrario, nos enfrentaremos a la dolorosa realidad de ver convertirse nuestros paisajes y nuestra infraestructura receptiva en postales de un bienestar pasado, sepultados por la lógica de un modelo que genera excedentes financieros en las alturas pero desierto económico en el llano.







