El odio, cada vez más vivo

Ha quedado dicho en muchas ocasiones en este mismo espacio: el odio, la intolerancia, el fanatismo, la grieta son, lamentablemente, parte de nuestra realidad nacional, provincial y departamental. Históricamente, pero en las últimas décadas con especial profundidad, la diferenciación entre sectores y entre sujetos es permanente y, lo que es peor, infructuosa. Cualquier tópico de discusión deriva en “unos y otros”, en “ustedes y nosotros”, y en cualquier otra dicotomía imaginable.
Todos tenemos claro –o deberíamos–} que la pluralidad de opiniones resulta beneficiosa para cualquier análisis. Sin embargo, en Argentina manejamos una lógica inversa, la de tratar de eliminar al que piensa distinto. La imagen no es meramente figurativa: muchos de los que hoy azuzan el discurso del odio al distinto (por pensamiento, por edad, por grupo social, por filosofía política) quisieran que los del bando opositor desaparecieran, literalmente. Y eso es una herida mortal para cualquier comunidad.
Una parte mayoritaria de la población argentina incurre (incurrimos) hoy en estas intolerancias. No obstante, el fenómeno es más dañino cuando los que practican y hasta fomentan estas permanentes diferenciaciones son los integrantes de la clase dirigente. Y de ello no hay ninguna fuerza política, económica, comunicacional, que pueda declararse ajena: cada una de ellas tiene “odiadores seriales” que promocionan esta miserable lógica.
“El discurso del odio es en sí mismo un ataque a la tolerancia, la inclusión, la diversidad y la esencia misma de nuestras normas y principios de derechos humanos. En general, socava la cohesión social, erosiona los valores compartidos y puede sentar las bases de la violencia, haciendo retroceder la causa de la paz, la estabilidad, el desarrollo sostenible y el cumplimiento de los derechos humanos para todos”. La reflexión pertenece al secretario general de la ONU, Antonio Guterres, y forma parte del mensaje que brindó en ocasión de lanzar un Plan de Acción de Naciones Unidas contra los discursos que incitan al odio. Argentina es un claro ejemplo de ello.

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