El pasado y el presente de los argentinos

Los argentinos optamos frecuentemente por poner la vista en el pasado. Algunos, con la siempre injusta generalización de que “todo tiempo pasado fue mejor”, y otros con la idea de que ese pasado, protagonizado por sus rivales (políticos, filosóficos o de otra índole), fue un tiempo en el que todo se hizo mal y al que hay que evitar volver por todos los medios posibles.
El expresidente Macri y sus asesores comunicacionales apostaban firmemente a esta última idea en la parte final de la pasada campaña proselitista presidencial. Así, se lo podía escuchar o leer hacer mención a su convencimiento de que “los argentinos no quieren volver al pasado”, en referencia a que el electorado lo acompañaría por temor al retorno del kirchnerismo, que había dejado el poder cuando él lo asumió. Ahora, la situación ha virado: los rivales de Macri volvieron finalmente a ser gobierno y son ellos los que ahora declaman la necesidad de “no volver al pasado” macrista.
Mirar al pasado suele ser una tarea fructífera siempre y cuando esa conducta tenga que ver con una intención educativa. Esto es: mirar lo que pasó para aprender y aprehender qué se hizo bien para apostar a ello, al tiempo de observar lo que no sirvió y descartarlo para el futuro. Sin embargo, hoy la mayoría de nosotros solo escarbamos el pasado para buscar allí combustible con el que atizar nuestros enfrentamientos.
Paradójica y justamente, el futuro debería ser nuestro norte evaluativo y de planificación por ante el pasado. Poner la vista en el porvenir habiendo aprendido de lo que ya hicimos (bien y mal) y a partir de allí decidir nuestras acciones, seguramente sería una conducta mucho más provechosa que el mantenernos atados a lo ido.
El futuro aún no ocurre y muy probablemente su composición tenga que ver con lo que nosotros hagamos por él. El pasado, en tanto, es algo que ya ocurrió y que, como afirmaba el poeta ateniense Agatón, “ni siquiera los dioses pueden modificar”.

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