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sábado 1, de octubre , 2022

El presidente electo de Irán anuncia que no se reunirá con Biden

En sus primeras declaraciones a los medios televisivos luego de ser recientemente elegido como nuevo presidente de Irán, Ebrahim Raisi manifestó que no tiene intención alguna de reunirse con el presidente norteamericano, Joe Biden. Ni tampoco voluntad alguna para negociar restricciones, ni limitaciones, al preocupante programa iraní de fabricación de misiles de media y larga distancia, al que incluyó específicamente entre las cuestiones a las que definió, muy terminantemente, como de naturaleza “no negociable” para su país. 

A lo que el mencionado Ebrahim Raisi agregó enseguida que su país también continuará, como ciertamente lo ha venido haciendo hasta ahora, apoyando el accionar de las distintas milicias terroristas regionales, con las que está íntimamente aliado. Especialmente en Irak. Entre ellas, además, las peligrosas bandas armadas de los huties yemeníes y las del llamado Hizbolá. 

Con un cinismo realmente impresionante, Raisi se autodenominó impúdicamente “defensor de los derechos humanos”, a pesar de ser históricamente el gran responsable de las matanzas represivas que en 1988 conmovieran a Irán y dejaran un terrible saldo, con unas cinco mil personas iraníes muertas.

A todo ello el innegablemente duro Raisi sumó, asimismo, un requerimiento explícito dirigido expresamente a los EE.UU., exigiendo que se levanten las sanciones económicas impuestas a Irán, a las que estima ilegales y califica de “terrorismo nuclear”.

La antedicha -como primera intervención pública de un presidente electo iraní que, además, es considerado como un cercano “protegido” del Ayatollah Supremo de ese país: Ali Khamenei- resultó muy poco contemporizadora. Más bien, todo lo contrario. Tal como se suponía que iba a suceder.

En la elección nacional del sábado pasado, el clima popular iraní, como se preveía, develó un evidente desinterés en los votantes. Pese a que Ebrahim Raisi obtuvo, según informaron las autoridades iraníes, unos 17,9 millones de sufragios en su favor. O sea, un 62% del total de los votos emitidos, cercano a los 29 millones.

Cabe agregar que unos 3,7 millones de sufragios emitidos fueron anulados por haber sido -intencional o accidentalmente- convertidos en parte de un maremoto de mensajes individuales de desaprobación y protesta, que fueron depositados -insólita y masivamente- en las urnas por muchos de los votantes.

Mientras esto ya ha sucedido, Irán continúa enriqueciendo activamente uranio al 60%. Muy por encima de lo alguna vez comprometido por ese país con la comunidad internacional, en el acuerdo del año 2015. Acortando así, muy sustancialmente, los tiempos que eventualmente insumiría la temida fabricación de armas nucleares.

Es, queda visto, altamente probable que el reciente ascenso a la presidencia de su país del duro Raisi complique muy seriamente los esfuerzos de la comunidad internacional por tratar de evitar que Irán se convierta, de pronto, en una peligrosa nueva potencia nuclear. Lo que, por cierto, no sería una buena noticia para la paz y seguridad internacionales.

Durante la campaña electoral, los candidatos se dedicaron a tratar de transformar al entonces presidente, Hassan Rouhani, en una suerte de chivo emisario de todos los males que azotan a la sociedad iraní. Hasta de la corrupción.

Rouhani no pudo defenderse del intenso vendaval de críticas. No respondió. Consciente, presumiblemente, del poco impacto que sus palabras podían tener. No participó del vehemente debate político que, sobre su gestión, se había abierto. Pero lo cierto es que Rouhani ya es historia. Sólo eso.

Prioritario para la Argentina

    La cuestión de la relación entre Irán y el terrorismo es, para nosotros los argentinos, claramente prioritaria. Ocurre que ella ha dejado huellas indelebles en nuestro país, que hacen imperioso esforzarse en lograr que ese terrorismo no se haga, de pronto, de armas nucleares. Por esto, lo que sucede en Irán debe ser seguido siempre muy de cerca. 

Cabe también apuntar que, durante la campaña electoral, quien finalmente resultara triunfador, Ebrahim Raisi, no fue objeto de ataques demasiado significativos. Ocurre que todos los contendores sabían que era una suerte de caballo del comisario. 

Sólo uno de los candidatos, el ex presidente del Banco Central de Irán, Abdolnasser Hemmati, se disfrazó de reformista, animándose a criticar las normas religiosas que obligan a las mujeres iraníes a vestirse con el “hijab”, para tratar de disimular sus propias curvas. También a las que obligan a las mujeres a cubrirse discretamente sus cabezas para no mostrar el pelo, al que curiosamente se atribuyen también connotaciones provocativas.

El mencionado Hemmati señaló que “algunos quieren transformar a la Casa Blanca en una mezquita, en lugar de esforzarse por tratar de desarrollar a Irán”. Nadie le respondió. Lo dejaron pedaleando en el aire. Pero sus amargas quejas quedaron, ello no obstante, debidamente registradas. Para la historia, entonces.

Mientras transcurren las pulseadas políticas, los iraníes viven con un futuro siempre contingente. El desempleo es hoy del orden del 22% de la población activa. Muy alto, entonces, particularmente entre los más jóvenes. La población iraní, de unos 85 millones de personas, está intensamente intercomunicada por vía electrónica. Como pocas en el mundo. Quizás porque desconfía constantemente del “relato” al que la somete su liderazgo. Vive al día, con pocas certezas. El mañana es, para casi todos, una incógnita.

Pese a lo antedicho, la inflación es baja. Especialmente cuando se la mira desde la Argentina. Es de apenas el 7% anual. Monetariamente, Irán nos da alguna envidia.

El rial, la moneda local, no obstante, se ha devaluado mucho. Los iraníes, como los argentinos, tienen unos 35 mil millones de dólares refugiados en sus colchones o escondidos, de mil maneras. Por precaución y desconfianza, a la vez.

La situación de la mujer iraní es –vista desde afuera- realmente triste. Asombra, desgraciadamente. Pese a que, desde hace poco tiempo, ellas pueden asistir a los partidos de fútbol que se juegan contra equipos extranjeros. Hassan Rouhani sólo se animó a designar a dos mujeres en su gabinete de gobierno. No quiso asumir riesgos. Hablamos de otro fracaso iraní no menor, por cierto.

Se está cerrando –queda visto- una etapa iraní de ocho años. Con un fuerte gusto a fracaso. Al propio tiempo se abre otra nueva, pero una vez más impredecible.

 

 

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