La reciente noticia sobre la intervención quirúrgica a la que deberá someterse el Papa debido a un nódulo pulmonar, y la posible postergación de su ansiada visita a la Argentina, reconfigura de inmediato la agenda pública del país. Durante semanas, la figura del Sumo Pontífice se había instalado como el gran eje de expectativa política y moral; una suerte de brújula institucional que prometía sacudir el tablero y obligar a propios y ajenos a confrontar miradas sobre el rumbo de la Nación.
Sin embargo, la salud manda y los tiempos de la diplomacia vaticana se reordenan. Ante este escenario, el riesgo latente no es solo la ausencia física de un líder religioso de peso global, sino la peligrosa tentación de la dirigencia política —en especial de aquellos sectores más complacidos con el statu quo oficial— de dar vuelta la página y fingir que, con la cancelación o postergación del viaje, desaparecen también los motivos de la discordia y las urgencias de los postergados.
Como ya lo señalábamos desde este medio al advertir sobre la tensión entre las expectativas de una visita papal y las verdades incómodas del país, el drama social de la Argentina no se mueve al ritmo de los partes médicos ni depende de una agenda litúrgica. La pobreza estructural, la persistente pérdida del poder adquisitivo, el ahogo de las economías regionales y el alarmante repliegue del Estado en áreas tan sensibles como la discapacidad siguen ahí, intactos, agazapados bajo alfombras discursivas que intentan disimularlos con estadísticas macroeconómicas de laboratorio.
Ojalá que, si el Papa no viene, no perdamos la capacidad de mirar de frente lo que duele. Que la eventual no llegada del Pontífice no sirva como excusa perfecta para que el oficialismo y la clase dirigente en general retomen el blindaje de sus relatos autocomplacientes y se sumerjan nuevamente en la comodidad del silencio.
Las verdades incómodas no necesitan de la presencia de un Papa para existir; exigen, por el contrario, la responsabilidad inclaudicable de una sociedad dispuesta a interpelarse a sí misma. Que la ausencia temporal del máximo referente de la Iglesia Católica no devenga en un apagón de la conciencia colectiva. Los rostros de la exclusión, el desamparo de los vulnerables y la necesidad imperiosa de un debate honesto sobre el costo humano del modelo actual continúan reclamando respuestas que ninguna postergación puede ni debe borrar del mapa.


