Argentina es un país donde las utopías suelen derretirse en el primer verano de poder. Y la renuncia de José Luis Espert a su candidatura legislativa no es el final de un escándalo, sino la certificación de un naufragio moral. El supuesto paladín de la decencia, el hombre que venía a cobrarle las cuentas a la «casta», se marcha por la puerta de servicio, manchado por la transferencia turbia de doscientos mil dólares de un empresario narco. Es la misma película de siempre, pero filmada con una arrogancia y violencia verbal inéditas. La tragedia de esta debacle es doble.
La primera y más dolorosa traición la protagoniza el propio presidente. Milei no solo defendió a Espert; lo sostuvo con una fe ciega y un fervor que superó toda evidencia. En esa defensa, que se extendió hasta el último minuto, se desvaneció el único activo que tenía La Libertad Avanza: su superioridad ética.
Al blindar a un funcionario cuya vinculación con dinero de origen criminal estaba documentada, Milei dejó al descubierto que su lucha contra la corrupción era, en el mejor de los casos, selectiva. Y en el peor, una mentira utilitaria.
Espert, el hombre que prometió una Argentina sin coimeros, se despide con la cobardía del que se sabe descubierto. Su renuncia no fue un acto de nobleza, sino la admisión de una derrota mediática y judicial inminente.
El contraste entre el ser y el hacer es abrumador. El hombre que usó la agresión y el insulto para imponer su discurso, termina cayendo no por la ferocidad de sus palabras, sino por la fragilidad de su ética. La estridencia de sus ataques resultó ser una cortina de humo para ocultar sus propias fragilidades morales.
Su renuncia es el último velo que cae. Detrás de la épica del ajuste y la libertad, solo queda el vacío moral, los nuevos nombres para las viejas prácticas y la certeza melancólica de que, en la Argentina, los salvadores -aquellos y estos- siempre terminan adoptando el rostro de los condenados.




