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El regreso de las “relaciones carnales” y el costo de la obediencia

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La política exterior argentina, siempre dada a los péndulos dramáticos, acaba de completar un giro de 180 grados. Las llamadas «nuevas relaciones carnales» con Estados Unidos, motorizadas por el gobierno de Milei y, puntualmente, por su cercanía con Donald Trump, nos obligan a desempolvar un concepto que creíamos enterrado en los noventa. La palabra en sí, con su resonancia pasional y su trasfondo de sumisión, ya resulta incómoda para una nación que se precia de su independencia, más aún con el Día de la Soberanía tan cercano.

Argentina necesita, sin duda, una relación madura y pragmática con el poder del Norte. Estados Unidos es un actor clave, un inversor potencial y un socio ineludible en el concierto financiero global. Pero la historia, ese espejo tan denostado por estos días, nos advierte sobre los excesos de la obediencia.

Las «relaciones carnales» de los menemistas noventa no terminaron en prosperidad sostenida, sino en una burbuja financiera que estalló con consecuencias devastadoras. Aquel alineamiento total —casi ideológico—, centrado en la esperanza de un salvoconducto que llegaría de Washington, sólo generó una profunda vulnerabilidad a los vaivenes de la economía global y, lo que es peor, nos restó margen de maniobra propia.

Hoy, Milei encuentra en Trump un soporte político explícito que le da oxígeno internacional y le facilita el acceso a los organismos de crédito, lo cual no es poco. A cambio, Argentina se ofrece como una pieza de ajedrez en la disputa geopolítica global, alineándose de forma radical en el conflicto entre Estados Unidos y otras potencias.

La pregunta que deberíamos hacernos es: ¿hasta dónde llega la carnalidad? El riesgo no está en comerciar, invertir o cooperar, sino en limitar sin criterio estratégico las relaciones con otros socios comerciales vitales, como China y Brasil, en función de una preferencia ideológica por Washington.

Nuestro sur mendocino, con su potencial vitivinícola y su necesidad de mercados para la fruta y la producción primaria, necesita un horizonte amplio y no una visión de túnel. La dependencia extrema de un solo actor puede volverse un grillete.

Las grandes naciones no tienen amigos incondicionales; tienen intereses. El pragmatismo es la madurez de la política exterior.

Lo que Argentina necesita no es ser el «mejor alumno» de Washington, sino ser el mejor gestor de sus propios intereses. La euforia de las primeras fotos y el impacto mediático del alineamiento no deben cegarnos. El camino a seguir es tejer una red de socios diversa, manteniendo la firmeza en la defensa de los recursos nacionales y la capacidad de negociar, sin servilismos, con todas las potencias que demanden nuestros productos.

El tiempo dirá si estas «nuevas carnales» son un ancla que nos salva o un peso que nos hunde. Por ahora, solo vemos un espejo que ya nos mostró su reflejo amargo.

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