El rotundo triunfo de José Antonio Kast en el balotaje chileno, que lo consagra como el presidente más votado en la historia democrática reciente de Chile, es más que un cambio de signo político en La Moneda. Es la consolidación de una tendencia regional hacia la derecha radical, que encuentra en los discursos de orden, seguridad y ultraliberalismo la respuesta a un profundo hartazgo social con las fallas de la gestión progresista previa. La victoria, con un margen amplio, refleja un viraje ideológico de la ciudadanía chilena que no puede ser ignorado por Argentina.
El ascenso de Kast, un dirigente ultraconservador con una propuesta de recorte fiscal de $6.000 millones de dólares y un discurso de mano dura contra la inseguridad y la migración irregular, se inscribe en la misma ola que llevó a Javier Milei a la presidencia en Argentina. Ambos líderes capitalizan el descontento generado por la alta inflación, la inseguridad y la crisis migratoria, proponiendo soluciones de choque que apelan a la estabilidad y al orden en un contexto de incertidumbre global.
Esta «derechización» no es homogénea, pero sí comparte principios: el achicamiento del Estado, la defensa irrestricta de la propiedad privada y una política exterior ideológicamente alineada. En este concierto regional, la sintonía entre Santiago y Buenos Aires será notoria, lo que abre una ventana de oportunidad para una cooperación binacional más fluida, especialmente en proyectos de infraestructura y comercio que llevan años estancados.
Para Mendoza, y particularmente para San Rafael, la elección de Kast posee implicancias directas, marcadas por la tensión entre su pragmatismo económico y su retórica de seguridad fronteriza.
Históricamente, la relación bilateral se ha centrado en la operatividad de los corredores bioceánicos. Kast, con su foco en la seguridad y el control migratorio, ha manifestado una postura dura sobre el cierre de pasos no habilitados e incluso propuso un «blindaje real» en la frontera norte para frenar el ingreso ilegal. Si bien esta retórica se concentra en el Norte Grande de Chile, su visión de «frontera dura» podría ralentizar los procesos de integración en pasos como el Cristo Redentor y el Pehuenche.
El interés de Mendoza en modernizar y asegurar la conectividad se enfrenta a la prioridad de Kast de controlar estrictamente el flujo de personas. Aunque la sintonía ideológica entre Milei y Kast podría desbloquear financiamiento para el túnel de baja altura o la mejora de la Ruta 40, la eficacia de esta cooperación estará supeditada a si la agenda de seguridad de Chile supera o no a la agenda de comercio de Argentina.
La dirigencia de San Rafael y Mendoza debe moverse con cautela y realismo. La necesidad de fortalecer el Paso Pehuenche como eje de integración es vital para la diversificación económica del Sur provincial. Esto requerirá que el Gobierno de Mendoza demuestre a la nueva administración chilena que la fluidez del comercio y el turismo no comprometen la seguridad, y que la coordinación aduanera y migratoria es una herramienta de orden, no de laxitud.
La victoria de Kast es un espejo de las prioridades de la región: el ciudadano exige orden y seguridad. La política de Mendoza debe aprovechar el alineamiento ideológico para impulsar los proyectos de infraestructura pendientes, pero con la clara conciencia de que la nueva frontera chilena será mucho más rigurosa.




