El valle inquietante de la macroeconomía

En el ámbito de la robótica y la cibernética existe un concepto formulado en la década de 1970 por el científico japonés Masahiro Mori denominado el «valle inquietante». La hipótesis describe esa perturbadora sensación de rechazo y extrañeza que experimenta el ser humano cuando se enfrenta a un androide o a una figura artificial que imita de manera casi perfecta la fisonomía humana, pero carece de pulso vital. El diseño puede ser técnicamente impecable, pero el ojo detecta una anomalía sutil, una rigidez en la mirada, una frialdad en los movimientos que delata la ausencia de vida. Esa distancia milimétrica entre la simulación perfecta y la realidad es la que desploma la empatía y enciende las alarmas del observador.

Resulta de una precisión conceptual rigurosa trasladar este postulado al plano de la sociología política para analizar el estado de situación de la población argentina ante el plan económico del oficialismo nacional. La gestión libertaria ha logrado diseñar una maqueta macroeconómica que, observada desde la distancia de los despachos de la Capital Federal o en las planillas contables que se exhiben ante los organismos internacionales, imita a la perfección las variables de un país sano: superávit fiscal consolidado, inflación en descenso y estabilidad cambiaria en las pizarras de la city. Es la simulación del éxito.

Sin embargo, cuando ese artefacto técnico se traslada a la realidad territorial del interior profundo, la sociedad empieza a transitar su propio valle inquietante. Al aproximarse al modelo, el ciudadano común percibe que la fisonomía de ese orden contable no parpadea, no respira y carece de sensibilidad humana. El relato oficial insiste en que las cuentas se han saneado, pero la vivencia material de las familias de San Rafael y de todo el país devuelve una imagen signada por la parálisis productiva, la pulverización del consumo y la intemperie tarifaria. La disonancia cognitiva que experimenta el entramado comunitario no es una postura partidaria; es un mecanismo de defensa ético.

Una economía que funciona disociada de la suerte material de sus habitantes es un organismo inanimado. El riesgo político del mileísmo no radica únicamente en las resistencias ideológicas de la oposición, sino en la inquietud profunda de una sociedad que empieza a descubrir que el modelo que se le propone como futuro carece de empatía y de lazo solidario. Sostener la ficción del orden fiscal a costa de una crisis monumental de las mayorías es una aventura destinada al rechazo colectivo. Ningún plan económico puede pretender la viabilidad en el tiempo si exige, como condición de supervivencia, que la comunidad abdique de su pulsión vital y se resigne a habitar la frialdad de un laboratorio.