La novela “1984”, escrita por George Orwell, es uno de los mejores relatos de ficción sobre los totalitarismos y su influencia en la psicología humana: en ella podemos contemplar cómo una sociedad, regida por el autoritarismo, modifica su comportamiento a través de la vigilancia constante y el adoctrinamiento paulatino.
En uno de sus más célebres capítulos, se narra cómo los habitantes de esa distópica Oceanía, vigilada en todo momento por el “Gran Hermano”, participan de los “Dos Minutos de Odio”, una actividad-espectáculo, en el cual, ante una gran pantalla, todos los habitantes se reúnen a contemplar un filme del “gran traidor”, Emmanuel Goldstein.
En la figura de Goldstein, que probablemente no exista y sea solo una construcción del propio sistema de control social, se agrupan los peores males y miedos: la verdadera libertad y la rebeldía. En los primeros treinta segundos, la audiencia escucha como Goldstein insulta al Gran Hermano para, luego, abogar por la libertad de expresión, reunión y pensamiento. El resultado: toda la audiencia, en medio de un enajenamiento colectivo, se entrega a la agresión verbal y física contra el “enemigo”. Así, el odio colectivo se expande y refuerza el “sistema”.
“1984” adelanta la actualidad argentina, donde las más altas esferas del poder nacional -como un Gran Hermano y líder de la Policía del Pensamiento- propician que el debate político se diluya hasta convertirse en un territorio de violencia verbal donde todo se sustancia en una dualidad segregativa entre patriotas y traidores, buenos y malos, en una voluntad autoritaria de exclusión donde la agresión al que piensa distinto ya no dura 2 minutos sino las 24 horas del día.
El personaje central de la novela de Orwell es Winston Smith, que trabajaba para el “Ministerio de la Verdad” y venía a “reescribir la historia”. Al final, desaparece de la noche a la mañana, sin dejar ni una huella o algún conocido, incluso alguna evidencia de haber existido.





