Esperanza

En un ambiente tan «desesperanzado», viene bien levantar un poco la mirada y, con palabras de Marcel Proust, «tener siempre un trozo de firmamento encima de la vida». O, en el decir de Gregorio Santos Hernando: «Ni las altivas y serenas llamas  ni las hondas tragedias de la vida pueden desposeerme, desasirme de esta luz, de este cielo hacia la eternidad y la esperanza».

«Esperar es un modo de vencer» (José Martí), puesto que «dejarse vencer por el pesimismo es apagar la luz de la esperanza», en el decir de Luis Carrillo Hernández. La esperanza consiste en gozar anticipadamente del futuro, sabiendo que «probablemente todo salga bien, pero a veces se necesita mucho temple para aguardar», como alguien deslizó con mucho tino. Aguardar. Aguardar con paciencia es también la consigna de un hombre que, a pesar de sus muchas pruebas, supo transitar en la esperanza. Su nombre: San Pablo, apóstol de los paganos y mártir de la fe. En su carta a los romanos lo recuerda:

«Estimo que los sufrimientos del tiempo presente no son comparables con la gloria que se ha de manifestar en nosotros. Pues la ansiosa espera de la creación desea vivamente la revelación de los hijos de Dios. La creación en efecto fue sometida a la vanidad, no espontáneamente sino por aquel que la sometió en la esperanza de ser liberada de la servidumbre de la corrupción para participar en la gloriosa libertad de los hijos de Dios. Pues sabemos que la creación entera gime hasta el presente y sufre dolores de parto. Y no sólo ella; también nosotros que poseemos las primicias del espíritu, nosotros mismos gemimos en nuestro interior, anhelando el rescate de nuestro cuerpo. Porque nuestra salvación es objeto de esperanza y una esperanza que se ve no es esperanza, pues ¿cómo es posible esperar una cosa que se ve? Pero esperar lo que no vemos es aguardar con paciencia» (Rom 8,18-27)

 

 

¡Hasta mañana!