Estamos verdes…

Otra vez el dólar es noticia. Ahora porque sube, y sube mucho –esta semana rondó los 45 pesos, su récord histórico- y antes porque estaba planchado o retrasado, lo que –según decían algunos economistas y empresarios interesados- “no nos hacía competitivos en el mundo”. Lo cierto es que aquello de “pensar en verde” se nos ha hecho habitual a los argentinos.
El fenómeno no es novedoso. De hecho, la dolarización -no formal pero sí fáctica- de la economía nacional (o, al menos, del pensamiento económico) es una novela que ya cuenta con varios capítulos. Así, durante décadas dolarizamos nuestras expectativas y eso nos llevó a confusiones e incoherencias de todo tipo. Unos gobiernos prohibieron la compra y venta de dólares y castigaron con dureza a quienes especulaban, aunque no lo hacían de igual modo con los funcionarios propios que los compraban por millones. Otros gobiernos dejaron libre su cotización y, en ese descontrol, creció la especulación: quienes tienen la capacidad de ahorrar –los menos- buscan resguardarse en esa moneda para no ver licuados sus ingresos por la inflación que, muchas veces, es empujada por el “efecto dólar”. Por su parte, los bancos suben las tasas de interés para que esos clientes se queden en pesos. Así, el círculo vicioso funciona, beneficia a pocos y perjudica a demasiados.
Algunos analistas sostienen que a la mayoría de los argentinos no debiera preocuparle el comportamiento del dólar ni las tasas de interés puesto que no participa de la “bicicleta financiera” que el actual contexto propone como casi única alternativa para conservar recursos. Sin embargo, no se puede soslayar que la depreciación del peso deriva, casi indefectiblemente, en una caída del poder adquisitivo del argentino medio, ese mismo que integra la mayoría antes mencionada. Esa mayoría se ve obligada a ver un más allá de las pizarras de las casas de cambio porque, en los hechos, son los pesos los que día a día le alcanzan para menos.