Estigmatización: una debilidad comunitaria

Los griegos utilizaban el estigma, en forma de tatuaje o marca en el cuerpo, para señalar a las personas que habían cometido algún crimen o delito. Hoy, este concepto tiene que ver con una identidad social subvalorada, en el que un individuo o un grupo minoritario posee –o se cree que posee– atributos o características disvaliosos.
Según el reconocido sociólogo canadiense Erving Goffman, el estigma social es una condición, atributo, rasgo o comportamiento que hace que quien porta el mismo (a quien el resto de la comunidad se lo ha impuesto) sea incluido en una categoría hacia cuyos miembros se genera una respuesta negativa y se les ve como culturalmente inaceptables o inferiores.
Por su parte, los estadounidense Bruce Link y Jo Phelan afirman que “el estigma existe cuando los elementos de etiquetaje (asignación de categorías sociales a los individuos), estereotipia (las diferentes etiquetas son relacionadas a estereotipos), separación (ellos-nosotros), pérdida de status y discriminación, ocurren conjuntamente en una situación de poder que lo permite”. El estigma hace que la persona que es “marcada” se vea devaluada y menospreciada.
Por estos días, la violenta muerte de Fernando Báez Sosa (19) tras ser golpeado –según la investigación- por jugadores de rugby ha hecho que dichos deportistas sean catalogados como “violentos” o hasta “asesinos”. Como dijimos en su oportunidad, no hay mayor injusticia que la generalización y, en este caso, la misma parece ser un claro ejemplo de estigmatización.
Nuestra sociedad habitualmente etiqueta, discrimina, estigmatiza. Hoy les toca a los rugbiers pero cada día sufren esa injusta respuesta social (y con mayor intensidad) quienes viven en determinado barrio, se visten de cierta manera o poseen características físicas particulares, entre otros motivos. Esto debería obligarnos a practicar un mea culpa respecto a algunas de las actitudes que a diario desarrollamos y que, como se ve, pueden llevarnos a dañar injustamente a nuestros pares y conspirar contra el ideal comunitario. Los malos y los buenos ciudadanos están en todos lados, no donde nosotros pretendamos, interesadamente, ubicarlos.

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