Las calles de Europa vuelven a expresar por estos días un malestar que excede el precio de los alimentos, los alquileres o los salarios. Detrás de las protestas hay una sociedad que empieza a cuestionar las consecuencias de un modelo que promete prosperidad, pero que para muchos se traduce en incertidumbre, pérdida de derechos y un futuro cada vez más difícil de alcanzar.
En ese escenario, la visita de Milei a España -que comenzó ayer- adquiere un significado que va más allá de la diplomacia. Para una parte de quienes manifiestan su descontento, el presidente argentino representa a una dirigencia mundial que ha convertido al mercado en dogma y a la reducción del Estado en una respuesta casi universal, aun cuando las consecuencias recaigan sobre las comunidades más vulnerables. No todos los manifestantes piensan igual, pero el contraste resulta inevitable: mientras unos reclaman protección y oportunidades, otros reivindican la libertad económica como principio rector.
La concentración de la riqueza, la vivienda convertida en activo financiero y el deterioro de las expectativas de las nuevas generaciones alimentan una pregunta incómoda: ¿de qué sirve el crecimiento si sus beneficios se concentran en poquísimas manos y sus costos se distribuyen entre quienes menos tienen? La economía es una herramienta para organizar la vida colectiva, no una religión ante cuyos mandamientos deben sacrificarse los derechos sociales.
Europa no está anunciando necesariamente el nacimiento de un nuevo orden, pero sus calles advierten que ningún modelo puede reclamar legitimidad indefinidamente si deja a una parte de la sociedad sin horizonte. Cuando el mercado se convierte en dios, las personas corren el riesgo de ser tratadas como una variable descartable. Y una sociedad que acepta ese principio termina olvidando que la economía debe estar al servicio de la vida, y nunca al revés.


