Fútbol argentino: un botín más preciado que los de Messi y Maradona, juntos

La disputa que hoy se desata entre el Gobierno Nacional y Claudio «Chiqui» Tapia por el control de la AFA es, en esencia, la vieja historia de la política argentina que no puede ver un negocio boyante sin querer meterle mano. No nos engañemos: esta pelea no se trata de camisetas ni de fair play; se trata de poder, caja y la billetera más gorda del deporte nacional.

La AFA, lo sabemos, no es un dechado de virtudes. Su manejo es tan opaco como un día de niebla en la Cordillera. Pero el ímpetu del Gobierno por «sanear» o «desregular» el fútbol tiene un nombre: ambición. La AFA es una herramienta social fenomenal, un mecanismo de adhesión masiva que un gobierno necesita desesperadamente para amplificar su mensaje. Quien controla el fútbol, controla la agenda emocional del país. Es un botín innegable.

Ahora, ¿cuál es el verdadero cuchillo sobre la mesa? La defensa ideológica de las Sociedades Anónimas Deportivas (SADs) que el presidente Milei lleva como estandarte. Este no es un mero debate económico; es una declaración de guerra a la estructura social del club de barrio, ese reducto de la identidad popular que se maneja por el voto del socio y no por el capricho del inversor.

Si el Gobierno logra doblegar a Tapia, el riesgo no es volver a las épocas de Grondona, sino caer en una nueva trampa: sustituir la influencia de los barones de la pelota por la mano política directa que buscará imponer el modelo de las SADs. Se trata de cambiar una oscuridad por otra, pero con la diferencia de que la nueva oscuridad viene con el brillo de la plata grande.

Tapia, con sus aciertos deportivos y su cintura política, representa un modelo que se ha quedado viejo. Pero la ofensiva del Gobierno no debe ser leída como un acto de pureza. Es el intento descarnado de una fuerza política por hacerse con el negocio y la herramienta social más poderosa del país.