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Hablar de soberanía en tiempos de crisis…

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La conmemoración del Día de la Soberanía Nacional nos obliga a trascender el mero recuerdo histórico y a situar la palabra soberanía en el centro de nuestra existencia cotidiana. No se trata solo de izar una bandera o de evocar el coraje en la Vuelta de Obligado; se trata también de una interpelación a la soberanía individual, esa que precede y es condición de la soberanía de la patria. El hecho histórico, protagonizado por un puñado de argentinos en 1845 que decidió enfrentar a potencias extranjeras, nos legó la enseñanza de que la dignidad no se negocia y que la libertad se defiende con el cuerpo y con la voluntad. Pero de nada sirve esa gesta si hoy, como individuos, entregamos nuestra propia soberanía personal a la comodidad, a la obediencia acrítica o a la tiranía de la opinión ajena.

Soberanía es autonomía responsable. Es la capacidad de tomar decisiones basadas en nuestros valores, sin que el miedo o la presión mediática nos dobleguen. Una nación no puede ser plenamente soberana si sus ciudadanos no son dueños de su criterio y de su palabra.

Este llamado a la madurez ética y soberana se vuelve especialmente relevante al observar las actuales relaciones exteriores de Argentina. La decisión del Gobierno de sostener un alineamiento casi incondicional con ciertos países y, por extensión, con ciertos bloques ideológicos, nos devuelve al dilema de 1845, aunque con armas diplomáticas en lugar de cañones.

¿El alineamiento total, sin reservas estratégicas y sin margen de maniobra propia, es un acto de soberanía o de dependencia elegida? La soberanía de un Estado se mide en su capacidad para tejer relaciones basadas en el interés nacional pragmático, manteniendo abiertos todos los canales de diálogo y comercio, sin someterse a dictados externos. Si la relación con una potencia, por necesaria que sea, se transforma en una sumisión entusiasta, el Estado renuncia a parte de su propia dignidad.

Así como el individuo debe ser dueño de su propia vida y no vivir para complacer al vecino, la nación debe ser dueña de su destino y no actuar solo para obtener la aprobación de la potencia hegemónica. El ejercicio de la soberanía no es confrontación gratuita; es dignidad en la negociación y la defensa innegociable de la identidad y los recursos propios.

Recordar el combate es un acto de memoria, pero ejercer la soberanía es un acto de madurez cívica. Exige valentía para disentir cuando el consenso fácil nos invita a callar. Exige la honestidad de cumplir con nuestras obligaciones y no esperar que el destino de la patria sea resuelto por un héroe ajeno.

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