Incendios forestales: la historia se repite

El feroz foco ígneo que afectó más de 1.200 hectáreas de campo en el sur del cerro Nevado ha vuelto a poner en el centro de las preocupaciones la peligrosidad de los incendios forestales y la irresponsabilidad de algunas personas.
Si bien las condiciones naturales de este verano (altas temperaturas, pocas precipitaciones, tormentas eléctricas) son caldo de cultivo para este tipo de estrago, la mano del hombre suele ser la causante.
Las quemas de pasturas como “tarea de renovación”, la quema de basura, restos de asados o fogones mal apagados, colillas de cigarrillos aún ardientes o la acción de latas y/o vidrios que pueden actuar como lupas y provocar incendios son, entre otras, conductas que en un principio parecen inofensivas, pero que –a la vista está- pueden deparar consecuencias desastrosas.
A escala global, los incendios forestales constituyen uno de los mayores agentes de degradación de los ecosistemas existentes en el mundo, provocando cambios en la vegetación, suelo, fauna, procesos hidrológicos y geomorfológicos, calidad de las aguas e incluso cambios en la composición de la atmósfera, entre otros efectos negativos.
Si bien a nivel nacional y provincial existen normas legales que buscan evitar o sancionar las conductas humanas que pueden derivar en estos eventos dañosos, pareciera ser que para atacar eficazmente el flagelo se necesitan dos cosas: por un lado, conductas humanas para evitar que se produzcan este tipo de daños a causa del accionar negligente o intencional, a través de la educación y las campañas públicas de concientización ciudadana; y por el otro, la voluntad y decisión política de las autoridades gubernamentales para instrumentar eficazmente los planes de manejo del fuego que permitan prioritariamente prevenir los incendios y, en caso de que estos se produzcan, combatirlos de manera tal que se puedan evitar daños aún mayores.