El dato del 2,9% de inflación publicado por el INDEC para el mes de febrero no es una cifra más en la estadística nacional; es la confirmación de un agotamiento estructural en la estrategia de precios del Gobierno. Con este registro, se cumplen ya nueve meses consecutivos en los que el índice ha encontrado un suelo del que no logra descender, desafiando no solo las proyecciones más optimistas del Palacio de Hacienda, sino desnudando la absoluta irrealidad de las metas oficiales.
En la elaboración del Presupuesto nacional, el Ejecutivo planteó una pauta inflacionaria del 10% para todo el año. Un número que, a la luz del comportamiento de los precios en este primer bimestre, se revela como una ficción técnica sin sustento en la economía real. Con solo dos meses transcurridos, la acumulación inflacionaria ya amenaza con consumir gran parte de esa meta anual, dejando al descubierto que el presupuesto fue diseñado más como una expresión de deseos o un instrumento de propaganda que como una hoja de ruta fidedigna para la administración del Estado.
Esta resistencia a la baja, que mantiene al país en una meseta cercana al 3% mensual -y que según algunos es el número que se niega a publicar el Gobierno-, indica que las herramientas utilizadas han alcanzado un límite de eficiencia. La inercia se ha consolidado y la «inflación núcleo» sigue demostrando una vitalidad alarmante. Para una economía regional como la de San Rafael, este escenario es asfixiante: el costo logístico y las tarifas no dan tregua, mientras el consumo local se ve paralizado por una incertidumbre que el Gobierno no logra disipar.
Nueve meses de estancamiento en el proceso de desinflación sugieren que los factores de costos y la desconfianza de los formadores de precios han generado un nudo gordiano. El tiempo de las explicaciones basadas en la herencia recibida parece agotarse frente a la evidencia de casi un año sin progresos sustanciales.
La política económica se encuentra en una encrucijada. Sin un plan que rompa este techo de cristal, el riesgo de que la economía se acostumbre a convivir con estos niveles de inflación es altísimo. Argentina demanda respuestas que vayan más allá de la estadística mensual; exige un sinceramiento de las metas y un rumbo que abandone la fantasía para enfocarse en la realidad de una nación que ya no tiene margen para más promesas incumplidas.







