Japón, del horror al ejemplo

Ayer se cumplieron 79 años del lanzamiento, por parte de Estados Unidos, de la bomba atómica sobre Hiroshima. Tres días después, el 9 de agosto de 1945, Nagasaki y Japón recibían la segunda estocada atómica y, como consecuencia de estos ataques genocidas, el 15 de agosto de ese año el emperador Hirohito presentaba la capitulación del país asiático, poniéndole punto final así a la Segunda Guerra Mundial.
Los años transcurridos han mostrado algunos fenómenos que merecen la reflexión y, en algunos casos, la admiración. A nivel económico, el denominado “milagro japonés” se convirtió en un ejemplo histórico de recuperación tras la destrucción que generó aquel conflicto bélico en el país “del sol naciente”. Los nipones lograron un nuevo modelo de relaciones industriales, de organización entre empresas y de gestión del trabajo, capaz de atender, al mismo tiempo, exigencias de flexibilidad, calidad y productividad de la producción.
Pero, además, una idea central dominó el resurgimiento no sólo económico y/o financiero de Japón sino también para el reentramado social: la persecución del objetivo común, la internalización del ideal de aporte masivo a una empresa que era, ni más ni menos, que refundar su nación.
Los años le dieron la razón a los japoneses ya que, hoy por hoy, constituyen una de las sociedades más desarrolladas de la Tierra en base a pilares como la capacidad de trabajo, la solidaridad, el ahorro y –fundamentalmente- la educación.
Ese hito histórico y el posterior desarrollo de las circunstancias llevan indefectiblemente a la comparación con nuestra realidad. Ese parangón nos hace reflexionar acerca de por qué una sociedad como la argentina no puede lograr un desarrollo similar a pesar de no haber atravesado, ni por asomo, la profundidad dramática que le tocó vivir a la japonesa.
Hay ejemplos dignos de ser observados y valorados. Claro, el trabajo y el compromiso de una parte mayoritaria de la sociedad y de la clase dirigente fueron, son y serán fundamentales. Acá y en Japón.