El 13 de febrero de 2017, 24 días después de la asunción de Donald Trump en Estados Unidos, el semiólogo venezolano Aquiles Esté escribía en The New York Times: “Avanza la antipolítica, y con ella su relato sobre la incapacidad estructural de las instituciones, los sindicatos, los partidos y los propios líderes políticos para resolver los problemas de los ciudadanos. En esa estela, poco sorprende el aumento sin precedentes del número de hombres y mujeres de negocios que saltan directamente de las empresas a los asuntos públicos”.
El mandato del blondo empresario confirmó algo que Trump y otros mandatarios ejercieron durante sus estancias en el poder: para ellos, los ciudadanos son clientes, los miembros de gabinete se contratan y despiden como cualquier ejecutivo y los países se conducen como empresas. Donde antes decía “política”, pasó a leerse “gestión”.
En 2019, y en una columna firmada por el periodista Sergio Sinay en Perfil, se decía que “como los ricos empresarios tienen dinero suficiente, se supone que no robarán en el poder; además son pragmáticos, cortos y pobres de palabras, de manera que se remiten a los hechos. Por lo demás, acusan a los políticos, a quienes ven como especie en extinción, de incapaces en materia de finanzas, gerenciamiento e innovación”.
“Estos son argumentos poderosos para ganar una carrera electoral, pero casi siempre se vuelven vacíos o son minuciosamente traicionados una vez que se llega al poder”, escribía por su parte Esté. Y mostraba que, según un estudio del prestigioso sitio político The Hill, en la historia de Estados Unidos, “ningún presidente proveniente del mundo privado es recordado como exitoso, siendo los hombres de negocios los que tienen las peores evaluaciones”.
Algunos “outsiders” de la política son tan crudamente clientelistas que no se ofrecen como medidas estructurales y permanentes, sino como ofertas por algunos meses. Casi faltándole el respeto al ciudadano, le prometen artefactos que caducarán de inmediato, tanto si funcionan como si no. Con estas políticas y estos gestores, ni una empresa podría tener un futuro promisorio. Es la política la que transforma a las sociedades, pero no lo entendieron y acaso no lo entenderán.




