La austeridad selectiva y el privilegio del «deslomado»

En el ejercicio del poder, la estética de la ética suele ser tan relevante como la ética misma. La reciente polémica protagonizada por el Jefe de Gabinete y otrora vocero de Milei, Manuel Adorni, tras su viaje oficial a Nueva York en compañía de su esposa, Bettina Angeletti, expone una fisura profunda en el relato de austeridad y combate a los privilegios que el actual Gobierno sostiene como bandera fundacional. La justificación esgrimida por el funcionario —quien afirmó estar cumpliendo con la tarea de «deslomarse» durante la iraa— no hace más que subrayar la desconexión entre el sacrificio exigido a la ciudadanía y las concesiones que la administración se otorga a sí misma.
El hecho de que un familiar directo, sin cargo público ni funciones técnicas asignadas, se desplace en el avión presidencial y se aloje en un hotel de la Quinta Avenida financiado por el erario público, colisiona frontalmente con el discurso oficial contra «la casta».
Esta situación no solo ha generado una tendencia de rechazo en la opinión pública bajo el concepto de «deslomado», sino que ya ha derivado en presentaciones ante la Oficina Anticorrupción y pedidos de informes en el Congreso Nacional que, muy probablemente, terminen durmiendo el sueño de los justos.
La denuncia por presunto uso indebido de fondos públicos pone el foco en la necesidad de deslindar los deseos personales de los funcionarios de las obligaciones del Estado. Cuando un representante admite que su cónyuge viaja por una «invitación de Presidencia» sin un rol específico, se vulnera el principio de eficiencia y transparencia en el gasto, pilares que el propio Gobierno dice defender.
Mientras la sociedad argentina atraviesa un ajuste histórico y se le solicita un esfuerzo extraordinario en cada área de su vida cotidiana, la administración central parece permitirse excepciones basadas en la comodidad emocional de sus integrantes. No se trata meramente de una cuestión de pasajes o viáticos; es una cuestión de integridad política.
En definitiva, el episodio de Nueva York deja una lección sobre los peligros de la endogamia en el poder. Si el esfuerzo de la función pública es visto por sus propios protagonistas como un sacrificio que amerita compensaciones privadas a cargo del contribuyente, el concepto de «servidor público» queda herido de muerte. La política no puede ser el escenario donde se compensan los desvelos personales con los recursos de una nación que, hoy más que nunca, observa con lupa cómo y en qué se gasta su dinero.