La comunicación interesante y la interesada

Vivimos en la era de las comunicaciones. La cuestión es que, como sucede con todas las herramientas, no es su naturaleza lo que habitualmente se discute sino el uso que de ellas hacemos los seres humanos. En el caso del periodismo, este ha sido durante los últimos años un ícono dentro de las discusiones binarias a las que habitualmente los argentinos nos donamos.
La modernidad ha demostrado claramente cómo los medios de comunicación y sus integrantes se han transformado en factores de poder dentro de esa construcción social amplísima llamada “política”. En ese marco, y sobre todo debido a la masificación y penetración social de los canales a través de los cuales se transmite la información, los intereses de quienes informan muchas veces son más decisorios que la información en sí.
“Cuando la información pasó a ser un negocio, la verdad dejó de ser importante”, afirmaba a fines del siglo pasado el periodista polaco Ryszard Kapuscinski. En la frase, lo de “negocio” no siempre tiene connotaciones económicas sino también –demasiadas veces– políticas. Los dirigentes sociales –sobre todo los políticos– pusieron su mira en los medios de comunicación y en los periodistas como instrumentos para beneficio propio. La pandemia volvió a patentizar cómo algunos medios de comunicación “operan” en favor o en contra de las medidas que adoptan los gobernantes, más allá de –en muchísimos casos– caer en contradicciones tales como alabar o criticar acciones similares según el color político de quien las dispone.
Como en cada actividad humana, el periodismo requiere de responsabilidad por parte de quienes lo ejercemos. Más allá del irrenunciable derecho a la libertad de prensa, debemos saber que la ley, la ética y el respeto por quienes consumen nuestro trabajo nos imponen ciertos límites que no deberían ser cruzados. Los dirigentes políticos deberían ocuparse más en hacer bien las cosas a su cargo que en buscar mensajeros que disfracen sus falencias, y la comunidad, por su parte, debería exigir tener dirigentes y comunicadores serios y siempre alejados de la corrupción.