En los últimos años, la irrupción de la inteligencia artificial generativa en la esfera política ha transformado los procesos electorales. Si bien estas tecnologías ofrecen herramientas valiosas para ampliar el alcance de los mensajes y facilitar la comunicación con los votantes, su uso malicioso ha comenzado a erosionar principios fundamentales de las democracias modernas, como la transparencia, la integridad electoral y la libertad del voto.
Un ejemplo reciente se dio en la antesala de las elecciones legislativas de mayo en la Ciudad de Buenos Aires, cuando circularon dos videos falsos, creados con IA, en los que supuestamente el expresidente Mauricio Macri y la diputada Silvia Lospennato, ambos del PRO, anunciaban su decisión de retirar la candidatura de Lospennato para apoyar a Manuel Adorni, candidato de La Libertad Avanza. Aunque se demostró rápidamente que los videos eran falsos, su viralización inicial generó confusión y alimentó la desinformación electoral.
También en Alemania, Polonia, Portugal y Rumania, la IA ha sido utilizada para crear y diseminar imágenes, audios y videos falsos con el objetivo de influir, de mala fe, en el voto.
El uso indebido de IA puede vulnerar la privacidad de los ciudadanos, restringir la libertad de expresión y poner en riesgo la autenticidad del sufragio. Además, los vacíos legales en torno a su regulación agravan el problema. En la mayoría de los países, la normativa sobre el uso ético de la inteligencia artificial en campañas políticas todavía es incipiente, lo que permite su explotación con relativa impunidad.
Es necesario avanzar en una regulación internacional y en nuestro país coherente y eficaz sobre el uso electoral de la IA y, sobre todo, fortalecer la alfabetización digital de los votantes para que puedan identificar y resistir los intentos de manipulación que, además de apuntar a la fanatización, confunden de manera interesada.




