La democracia y el racionalismo

El consultor y asesor político Jaime Durán Barba dijo alguna vez: «La democracia surgió en Occidente al mismo tiempo que se desarrollaba el racionalismo. Las ideologías, los libros, la supuesta ‘racionalidad’ estuvieron asociadas con esta nueva forma de organizar el poder. Las pasiones políticas se escondieron en los discursos teóricos. La mayoría de nuestros intelectuales militan radicalmente en alguna fe, pero pretenden que aquello en lo que creen se conforma de verdades científicamente demostradas. Cuando analizan las actitudes de los ciudadanos comunes se proyectan en ellos. Suponen que sus opciones son racionales. Han creado el mito de que los electores votan comparando programas, entendiendo cuál es la opción que más le conviene. Todo eso es falso».
La cita corresponde al prólogo escrito por Durán Barba en el libro «La campaña emocional», cuyo autor es el especialista en comunicación política, Guillermo Bertoldi. En esa obra se observa que, en rigor, el cerebro humano no está, ni estuvo nunca, preparado para procesar racionalmente la información y los mensajes políticos. ¿Esto explicaría, acaso, que en las últimas elecciones el electorado se haya inclinado por un candidato que planteó –y ahora, en gran parte cumple- propuestas anarcocapitalistas con iniciativas insólitas nunca escuchadas en 40 años de democracia y que no tienen antecedentes de haber sido aplicadas en ningún lugar del mundo?
Quizás sí. Lo inédito del experimento mileísta también impone la imposibilidad de saber cómo reaccionará ese mismo electorado a la hora de evaluar su gestión. De seguir la lógica –aunque nadie pueda asegurarlo-, no pasará mucho tiempo para que la mayoría de los argentinos también comprendamos que las decisiones tomadas por el actual gobierno nacional no deparan soluciones ni mucho menos bienestar para la comunidad. Entonces allí volveremos a buscar otra alternativa para otorgar el mandato y la responsabilidad de conducir nuestros destinos.