Hay un ejercicio intelectual de enorme vigencia que cruza el mapa político global: entender por qué la derecha consolida o expande sus fronteras electorales mientras la izquierda retrocede entre desconcertada y atónita. Cuando la realidad desmiente los manuales ideológicos de la contención social, señalar la conspiración ajena suele ser el recurso más a mano; pero el análisis riguroso exige mirar también las grietas del propio terreno.
El fenómeno de las adscripciones conservadoras o ultraliberales en el mundo no es una casualidad meteorológica. Responde, en primer término, a una reconfiguración de las herramientas de poder. La derecha ha sabido interpretar el malestar ciudadano de una época marcada por la incertidumbre económica, la inflación y la erosión del poder adquisitivo. Sobre ese caldo de cultivo, proyecta discursos punitivos, simplificaciones efectivas y una retórica que promete romper con lo que la sociedad percibe como una casta ineficiente o desconectada de la urgencia cotidiana.
A esto se le suma un despliegue comunicacional desequilibrante. El dominio de la conversación en las redes, las «batallas culturales» en torno a la seguridad o la identidad nacional, y el respaldo explícito de sectores económicos que ven en esas plataformas políticas el resguardo de sus privilegios, constituyen un motor formidable para inclinar la balanza.
Sin embargo, atribuir el avance de estos proyectos únicamente a la manipulación mediática o la diplomacia de presión es caer en una condescendencia peligrosa.
Las experiencias progresistas en la región y en el resto del mundo han tropezado repetidamente con los mismos escollos: la incapacidad para gestionar demandas básicas como la seguridad ciudadana y la estabilidad económica, la fragmentación interna producto de egos personalistas, y la trampa de los relatos morales que no se traducen en mejoras tangibles en el plato de comida de los ciudadanos.
El fenómeno es transversal. Ocurre cuando amplios sectores populares terminan votando opciones que prometen el recorte de sus propios derechos, no por una repentina conversión ideológica, sino por un voto de protesta ante un estado de cosas que tampoco les resolvía la vida. La incertidumbre frente al futuro suele ser una usina más potente de adhesiones que las promesas de un pasado mítico.
Gobernar es dar respuestas a los problemas reales de la gente en el territorio. Mientras la discusión pública se mantenga en el plano de las proclamas abstractas sin impacto en la economía familiar ni en la tranquilidad de las calles, la derecha continuará encontrando la puerta abierta para cosechar el descontento y transformarlo en mayoría electoral.


