La Argentina pareciera haber ingresado en una dimensión donde la verdad se deforma, según el gusto del consumidor. No importa lo clara y palpable que pueda ser esa realidad, siempre hay una lectura acomodada al interés particular y entonces sí asoma la desproporción. Cuanto más grande es la distancia, mayor efecto tiene el relato.
Una prueba palmaria de ello es la reciente cifra de inflación de abril, que se ubicó en el 8,8% y que el presidente Milei y sus seguidores festejaron, olvidando que el año pasado criticaban amargamente cifras mucho menores.
Así como durante el kirchnerismo se patentizó la era de la interpretación, que en los hechos significa la discusión a todo lo establecido como referencia, con el mileísmo se instaló la exageración. En algunos casos es ficción -por ejemplo el peligro de la hiperinflación del 15.000%- y en otros casos es certeza -por ejemplo el desplome de los salarios frente a la liberación de precios-.
En este túnel de excesos hay que computar también que Milei ha gobernado estos cinco meses sólo con decretos, el más célebre de ellos es el Decreto de Necesidad y Urgencia Nº 70 que desreguló la vida del país. Una suerte de piedra libre para que cada actor de la economía recompusiera sus costos sin trabas con el único objetivo de alcanzar la rentabilidad deseada.
Cinco meses de gestión, con dos paros generales encima y sin ninguna ley del Congreso de la Nación. Cuatro viajes a Estados Unidos hizo el presidente Milei, todos por razones particulares, ninguna misión oficial que reporte contribución al Gobierno en una gestión específica; también una visita a Israel y por lo menos dos instancias en países de Europa, en todos los casos por motivos personales o políticos, salvo la reunión protocolar con el papa Francisco.
Durante el mismo período sólo tres viajes hizo hacia dentro del territorio argentino. En Corrientes dijo que el Congreso de la Nación es «un nido de ratas», y en Bariloche calificó como «héroes» a los empresarios que fugaron dólares. No sólo es un tiempo de exageraciones, también se ha llegado al extremo del «descomedimiento», lo que el Diccionario de la Real Academia define como falta de respeto, desatención, descortesía, grosería, descaro.





