La era de los «gemelos digitales»: Argentina busca ser pionera en IA social, entre el potencial predictivo y los riesgos de sesgo ideológico

El diseño y la implementación de las políticas públicas en la Argentina podrían experimentar un giro tecnológico sin precedentes. El gobierno nacional, a través del Ministerio de Capital Humano, anunció la puesta en marcha de una plataforma de «Gemelo Digital Social», un modelo de Inteligencia Artificial (IA) diseñado para procesar volúmenes masivos de datos y anticipar escenarios socioeconómicos complejos. La iniciativa busca posicionar al país como pionero en la región en el uso de herramientas predictivas para la gestión estatal.
María Belén Ortega, destacada especialista, consultora y divulgadora argentina en IA aplicada y productividad, analizó el alcance técnico de este sistema, los desafíos regulatorios que plantea la «letra chica» del proyecto y el impacto de una tecnología que, según la evidencia científica internacional, ya demuestra capacidades de introspección y autonomía.
¿Qué es un gemelo digital y cómo se aplica al comportamiento humano?
La tecnología de replicación virtual, utilizada históricamente en la ingeniería y la medicina de alta complejidad, se traslada por primera vez de forma masiva al análisis del tejido social y económico. «Un gemelo digital es una representación virtual de un sistema físico o un proceso que nos permite realizar simulaciones precisas y predicciones avanzadas. Esto no es algo nuevo; se viene utilizando hace tiempo con gran éxito en fábricas para detectar fallas antes de que ocurran, en logística y en el sector de la salud para modelar la evolución de los pacientes. La diferencia sustancial es que ahora el gobierno argentino lo está aplicando a un sector muy complejo: el comportamiento social y económico de la población. La plataforma integra un gran volumen de datos provenientes de distintos organismos públicos y privados, y utiliza la IA para detectar patrones ocultos», explicó Belén Ortega al inicio del reportaje.
«En la práctica, el sistema recopila información en tiempo real sobre variables económicas, sociales y laborales, procesa esos datos y genera una predicción sobre qué puede ocurrir. Permitiría, por ejemplo, anticipar tensiones críticas o un estallido social. Esto genera una gran expectativa porque, históricamente, las políticas públicas corrían desde atrás, aplicándose una vez que el error o la crisis ya habían sucedido; esto permite adelantarse a los hechos», destacó.

La letra chica: los peligros del sesgo y la falta de transparencia
A pesar del entusiasmo tecnológico, la implementación de algoritmos predictivos en la órbita estatal enciende alarmas respecto a la privacidad de los datos ciudadanos y la neutralidad de los sistemas. «Visto desde el lado estrictamente tecnológico, es una innovación absoluta en la administración pública que hoy no se está utilizando en otros países de la región; seríamos pioneros. Sin embargo, lo que aún no se ha comunicado y constituye la ‘letra chica’ indispensable de este proyecto es qué tipo de regulación va a tener esta IA y quiénes van a ser los encargados de entrenarla. Toda inteligencia artificial refleja las visiones de sus creadores y ahí es donde entra en juego el sesgo: quien entrena el algoritmo puede introducir sus propios parámetros ideológicos y concepciones de lo que debe ser una política pública», observó la experta.
«También es fundamental exigir transparencia algorítmica. El Estado debe explicitar con total claridad de dónde extrae la información pública y privada que alimenta al sistema. En Estados Unidos existe el concepto del digital twin enfocado en los individuos, donde el Estado puede monitorear de forma analítica los ingresos, gastos y movimientos del ciudadano. Si no se delimita quién tiene acceso a esa base de datos unificada, el nivel de vulnerabilidad de la privacidad es altísimo», advirtió.
El dilema global de la regulación: el espejo de Corea del Sur
La postura oficial del Poder Ejecutivo de no intervenir estatalmente en los desarrollos tecnológicos plantea un debate profundo sobre los límites de la autorregulación en la sociedad civil. «En la Argentina somos el país de Latinoamérica con mayor tasa de adopción de IA, la gente usa herramientas como ChatGPT de manera cotidiana, pero adopción no es lo mismo que integración. La integración requiere entender cómo funciona el sistema, cuáles son sus posibilidades y cuáles sus riesgos reales. Actualmente, la postura ideológica del Gobierno es no regular la IA; el presidente Javier Milei ha expresado explícitamente su intención de no poner trabas al desarrollo tecnológico mientras esté en el poder. Si bien es cierto que regulaciones extremas como la europea terminan frenando la innovación, dejar todo librado a la autorregulación en un escenario tan potente es peligroso», consideró Ortega.
«El equilibrio ideal lo ha encontrado Corea del Sur con su ‘ley de convivencia para la IA’. El desarrollo avanza sin ningún tipo de freno estatal, excepto cuando se demuestra que la integridad, la salud o la vida del ser humano se ven afectadas. Es allí donde se aplica una microrregulación correctiva», indicó.
Robots y el desplazamiento de las carreras tradicionales
El impacto de la automatización avanzada está reconfigurando las economías globales a una velocidad que obliga a los países líderes a rediseñar por completo sus sistemas educativos universitarios. «Estamos viendo un mensaje global unificado que ya no pertenece a la ciencia ficción. Potencias como China han tomado la decisión drástica de dar de baja cientos de carreras universitarias tradicionales en sus principales academias, reemplazándolas exclusivamente por trayectos formativos diseñados para la gestión, control y convivencia con la inteligencia artificial, asumiendo que las tareas operativas de las viejas profesiones las ejecutará el software por sí solo. Incluso empresarios globales como Elon Musk proyectan que para el año 2031 circularán más de dos billones de robots en el mundo, duplicando la productividad de la economía global a expensas del trabajo automatizado, no de la mano de obra humana», anticipó Ortega en diálogo con FM Vos 94.5.
«Hasta líderes políticos conservadores han manifestado su temor por el desplazamiento masivo de puestos intermedios. Las empresas tecnológicas están asumiendo un rol protagónico dentro del sistema público y el verdadero desafío de la Argentina es entender que este impacto no ocurrirá en un año, está sucediendo ahora mismo», completó.
El nuevo poder de la IA y su impacto laboral
La velocidad de la evolución tecnológica sitúa a los gobiernos y a las empresas frente a un cambio de paradigma donde la inteligencia artificial comienza a exhibir rasgos de autonomía operativa. El núcleo de este fenómeno se apoya en lo que los especialistas denominan introspección digital. Evidencia científica reciente, analizada en foros globales de alta trascendencia como los encuentros del Vaticano entre líderes religiosos y los principales creadores de tecnología del mundo, señala que los modelos avanzados de IA están logrando capacidades de introspección avanzada; es decir, poseen la facultad técnica de monitorear sus propios algoritmos, actuar frente a desvíos y corregirse a sí mismos en tiempo real sin necesidad de una orden o intervención humana externa.
Esta autonomía funcional sitúa de manera inmediata al mercado laboral en la mira de las transformaciones estructurales. Los sistemas de inteligencia artificial actuales ya no se limitan a automatizar tareas repetitivas o puramente mecánicas, sino que han desarrollado la capacidad técnica analítica necesaria para desplazar puestos de trabajo calificados, abarcando desde niveles junior de programación y análisis de datos hasta mandos intermedios y de gestión en grandes corporaciones. Esta velocidad de sustitución del empleo intelectual tradicional altera las proyecciones de contratación y pone en jaque la estabilidad de la clase media profesional.
Ante este escenario de automatización cognitiva, se yergue un complejo desafío educativo para la administración pública. El Ministerio de Capital Humano enfrenta la urgencia de mensurar con precisión el nivel de alfabetización digital real de la población, con el objetivo de reconfigurar de manera inmediata los perfiles laborales tradicionales y los planes de estudio.