La ética en tiempos políticos convulsionados

La relación entre ética y política debería ser estrecha. Lo afirmaba uno de los más grandes sabios de la antigüedad como Aristóteles, quien hace más de 2000 años ya no concebía la una escindida de la otra.
El griego enseñaba que todos aquellos que aspiraran a ejercer cargos políticos debían pasar primero por la ética, “saber noble que permite conocer la naturaleza humana, las distintas costumbres, así como las formas para manejar el carácter y comportamientos de los miembros de una comunidad”.
Si hiciéramos una analogía con un edificio, la ética estaría en la base de la construcción. Cuando los cimientos son buenos es posible crear la columna que sostenga el edificio y recién allí podría apoyarse la política. Cuando los principios y valores de una sociedad son excelentes es posible tener buenos políticos que aspiren al bien supremo de sus dirigidos.
Antiguamente, se consideraba que la vida política era un género acompañado de una excelsa educación debido a lo cual sólo unos pocos seres podían tener acceso a ella: los hombres buenos. Bajo esta lógica, cuando un hombre aprende a vivir políticamente se vuelve dueño y señor de su conducta y actúa siempre en razón del bien común. La democracia moderna amplía la posibilidad participativa de los ciudadanos, pero aquel fin declamado debería seguir siendo el mismo.
Para cumplir ese objetivo se requieren personas con capacidad para dirigir un Estado. Así, para Aristóteles, esos hombres (o mujeres) no deberían robar, ni mentir, ni envidiar, ni ser soberbios ni egoístas, por el contrario, deberían ayudar, enseñar, ser verídicos, humildes, responsables en sus tareas, resolver problemas y dar resultados en sus trabajos.
La ética, en momentos políticos tan convulsionados como los actuales, debería ser el faro guía para nuestros dirigentes, aquellos que tienen el poder para gobernar y quienes tienen a su cargo ejercer concienzudamente el rol de una oposición responsable. Buscar el bien común más allá de los egoísmos sectoriales no solamente es un respeto a la ética sino una necesidad para la comunidad en su conjunto.

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