La física social y el fin de la autonomía política

Desde la Ilustración hasta nuestros días, el ideal democrático se sostuvo sobre la premisa de un ciudadano capaz de decidir, mediante la razón, el destino de su comunidad. Sin embargo, al observar la actual degradación del debate público, plagado de operaciones de prensa y ataques personales, es necesario preguntarse si no estamos asistiendo al fin de esa era y al nacimiento de algo mucho más oscuro.

Alex Pentland, una de las figuras más influyentes del MIT, ha desarrollado lo que denomina «física social». Esta disciplina no busca comprender las ideas de las personas, sino sus flujos de comportamiento a través del big data. Para Pentland, la sociedad puede ser diseñada y optimizada mediante estímulos inconscientes, de la misma manera que un ingeniero ajusta una máquina. En este esquema, la deliberación democrática es reemplazada por la «minería de la realidad». Ya no importa qué pensamos, sino cómo reaccionamos ante ciertos impulsos digitales.

Esta visión tecnocrática encuentra su socio perfecto en el capitalismo de vigilancia. Las redes sociales, lejos de ser espacios de libertad, se han convertido en laboratorios donde ciertos sectores políticos ensayan sus peores artes. La «opereta» política, la denuncia sin pruebas y la intrusión en la vida privada no son hoy simples errores éticos; son estímulos calculados para generar una respuesta conductual específica: el odio, la polarización o el desprecio absoluto por el adversario.

 Cuando la política se reduce a una serie de algoritmos que premian la difamación, el ciudadano deja de ser un sujeto de derechos para convertirse en un dato más dentro de una red de vigilancia. 

Estamos frente a una distopía donde la política ya no se propone convencer, sino condicionar. La utilización de datos personales para moldear conductas de voto, sin que el individuo sea consciente de ello, constituye la mayor amenaza a la libertad que hayamos enfrentado. Si aceptamos que nuestra conducta sea «optimizada» por quienes ostentan el poder tecnológico, habremos renunciado a la esencia misma de la democracia.