La historia de dos primos que desafiaron a su familia italiana y se amaron en su exilio en Argentina

Antes de ser una historia de amor, la de Rosaria y Pietro, fue una historia de exilio. Las decisiones son portales.

Corría la década del 40 en Zafferana Etnea, un pequeño pueblo de la provincia de Catania, en Sicilia, el último antes de llegar al volcán Etna. Las montañas no eran exactamente montañas: eran antiguas formaciones de lava, cuevas y roca negra que con el tiempo se habían llenado de viñedos y vegetación. Las mismas grutas que usaban los campesinos durante las cosechas servían también de refugio cuando aparecían los soldados. Ahí se escondían las familias. Entre esos rincones crecieron Rosaria y Pietro.

Eran chicos. Tenían miedo. Y todavía no sabían que, mucho más adelante, sus vidas iban a cruzarse en otra forma.

Rosaria tenía apenas cuatro años cuando murió su padre. Era 1943, plena guerra. No murió en combate: tuvo una infección, en una época donde la penicilina todavía no estaba al alcance, y una enfermedad simple podía convertirse en una condena mortal.

Carmela quedó viuda a los 31, con dos hijas, Venera y Rosaria. Nunca volvió a casarse. En las fotos de aquellos tiempos, era común ver mujeres solas, vestidas de negro riguroso. El luto parecía formar parte del paisaje. Porque en esa Sicilia de los años 40, todavía se esperaba que las viudas bajaran la mirada, obedecieran, siguieran ciertas reglas silenciosas. Ella, en cambio, hizo algo impensado: se aferró a sus hijas y cruzaron el océano las tres solas. No quería criarlas entre bombas, miedo y pérdidas. Y aunque no sabía exactamente qué iba a encontrar, tomó una decisión que iba a cambiarlo todo: irse.

Carmela, la abuela, junto a Venera y Rosaria. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)
Carmela, la abuela, junto a Venera y Rosaria. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)

No viajaron en un barco de pasajeros. La urgencia no permitía comodidades ni certezas. Consiguieron los pasajes que pudieron y se subieron al primer barco disponible, uno de carga de cemento. Así cruzaron a Argentina: una mujer sola, dos hijas y una decisión que no tenía vuelta atrás. “No quiero vivir otra guerra”, rezaba.

Llegaron en 1949. Cuando Rosaria ya era una adolescente. Su destino, como si ya hubiera estado marcado al nacer, era Rosario. Allí vivían dos hermanos de Carmela.

Además, en la Argentina las esperaba una amiga con la que Carmela había prometido reencontrarse antes de embarcar. “Nos vemos allá”, se prometieron. Pero una terminó en Rosario y la otra, en La Plata. En un país desconocido, sin teléfonos ni direcciones claras, perderse era casi obvio. Pasaron décadas sin noticias. Hasta que después de muchísimos años, y casi por casualidad, volvieron a verse. Pero esa es otra historia.

Apenas llegaron, las italianas se instalaron en una zona humilde, cerca de lo que hoy es el Hospital de Niños. Rosaria venía de calles de tierra, zanjas y terrenos todavía vacíos. De repente sintió que había arribado a una ciudad enorme, lejana y moderna comparada con el pueblito que había dejado atrás. Con los años, se mudaron a la zona norte, cerca de la cancha de Rosario Central.

Del otro lado del mundo, Pietro seguía en Sicilia. También él había crecido entre escasez, historias de campo y escondites improvisados durante la guerra. Claro que los primos se conocían de chicos, de cruzarse entre familias, de verse en fiestas, cosechas y reuniones donde todos eran parientes de alguna manera. Porque en esos pueblos, la familia era eso: todo.

Imagen de registro del papá de Pietro. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)
Imagen de registro del papá de Pietro. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)

Rosaria tenía 12 años la última vez que vio a Pietro en Italia; él era un joven de 18. La guerra, la distancia y la emigración hicieron el resto. Perdieron el rastro unos de otros.

Desde la Argentina, Carmela le escribía cartas a su hermana Venera para convencerla de emigrar también. Finalmente tomaron una decisión: primero viajaría Pietro. Para entrar al país necesitaba un oficio. Se formó como tornero y obtuvo el título que le permitiría entrar al país. Cuando dejó Sicilia tenía 26 años y una certeza: si se quedaba en Europa, iba a volver. Por eso eligió irse lejos. A América.

Pietro llegó a Rosario, fue derecho a vivir a la casa de su tía Carmela, donde también vivía aquella prima con la que se había criado entre montañas de lava y trincheras. Y ahí, después de largos años, volvieron a verse.

No hay registros exactos de cómo fue ese reencuentro. Nadie en la familia recuerda una escena fundacional. El “tano” no hablaba una gota de español. Aprendió trabajando, mezclando palabras, inventando otras. No hubo declaraciones ni un momento que lo cambiara todo. Fue más lineal. Se eligieron.

El principio no fue fácil. Había algo que al montón le hacía ruido: eran primos. Pero sucede que lo que para otros podía ser difícil de entender, en su mundo, en su historia, en su forma de haber crecido, no era extraño. Era, simplemente, lo posible.

Tal vez porque compartían el mismo origen. Quizás porque los dos venían de una pérdida. O puede que, al hallarse en un país nuevo, reconocerse en otro haya sido la única forma de volver a casa; como si así la “famiglia unita” nunca se hubiera terminado de separar.

Carmela, la madre de Rosaria, se enojó cuando entendió lo que estaba pasando entre ellos. Pietro era su sobrino. Había llegado desde Sicilia para empezar una nueva vida y terminó enamorándose de la prima que, a la vez, era su hija. Aún así, en esa familia donde todo se mezclaba —sangre, historia, exilio— el amor siguió adelante.

Pietro Pablo La Fata en Italia. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)
Pietro Pablo La Fata en Italia. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)

Se casaron jóvenes. Tuvieron dos hijos. Primero Sara. Cinco años después, Ángel. Y construyeron una vida. Una vida simple, como la de tantos inmigrantes. Él trabajó en el ferrocarril, hizo changas, cultivó la tierra en el fondo de su casa como si todavía estuviera en Sicilia. Venían de una tierra de montañas y viñedos. Acá encontraron llanura. Tierra fértil. Para ellos, fue la tierra prometida.

Rosaria fue costurera toda su vida. En ese mundo también se hizo de amigas entrañables, otras inmigrantes, con las que compartió trabajo, idioma y desarraigo.

En la casa se hablaba en dialecto siciliano. Se comía en familia. Se cantaba. Se discutía poco y en voz baja. “Mi papá no quería ver a mi mamá enojada. Era adoración lo que se tenían”, recuerda Ángel.

No eran una pareja perfecta. Eran una pareja de otra época. Pero no era una relación de sometimiento. Ella no era sumisa. Él no era autoritario. Se acompañaban. De las duplas que no se cuestionaban todo. Más bien, caminaban a la par.

Vivieron siempre en Rosario. Hacían todo juntos. Como si la vida, después de haberlos separado una vez, no les diera ganas de soltarse. Nunca dejaron de ser italianos del todo. Nunca terminaron de ser argentinos del todo. Se quedaron en el medio.

Amaban la Argentina. La eligieron como se elige una segunda vida.

Recién en 1993 volvieron a su pueblo. Después de 45 años. No fue sencillo: el viaje fue posible gracias a una colecta familiar, a parientes que juntaron dinero para hacerlos volver a sus raíces. Los recibieron como si nunca se hubieran ido. Los pasearon por los viñedos, les hicieron una fiesta sorpresa, les devolvieron algo de lo que habían dejado. Volvieron juntos.

Pietro murió a los 70 años, de un infarto, en el patio de su casa. De golpe. Sin despedidas. Estaba hablando con un vecino y, de golpe, se apagó. Su hijo estaba ahí. Devastado. Pero Rosaria, en medio del dolor, le dijo algo que lo despertó: “Vos por lo menos lo tuviste hasta los 70. Yo al mío lo tuve hasta los 4”.

Imagen vieja de Pietro. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)
Imagen vieja de Pietro. (Foto: gentileza Ángel / imagen optimizada con IA)

Ese mismo día, Rosaria había ido a un velorio. Cuando volvió, se encontró con la muerte en su propia casa. No hubo tiempo para adioses. “Se fue el amor de mi vida”, lloró. Le hubiera gustado saber que esa mañana estaba viviendo algo por última vez, pensó. Pero la vida no avisa.

Rosaria hoy tiene 88 años. A veces habla de él. A veces no. Pero cuando lo hace, vuelve a ese lugar donde todo empezó: Sicilia, la guerra, la infancia, eso que no pudo ser y que sí fue. Somos lo que dejamos en el corazón de las personas.

Porque hay amores que no necesitan grandes gestos para existir. Amores que se construyen en lo cotidiano. En no querer ver al otro triste. En seguir eligiéndose incluso cuando la vida se vuelve difícil.

Fuente: TN