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La historia de la joven multimillonaria que fue sepultada viva y sobrevivió tras haber estado 80 horas enterrada en un ataúd

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Barbara Jane Mackle, de veinte años, estudiante de la Universidad de Miami e hija del magnate inmobiliario George Mackle, había viajado a Atlanta con su mamá, Jane, para visitar al padre que estaba hospitalizado. Pero el viaje coincidió con un detalle imprevisto: Barbara tenía una fuerte gripe, y en vez de quedarse en la casa de un familiar, madre e hija se alojaron en el Rodeway Inn, un motel cercano a la universidad local.

La noche del 17 de diciembre, mientras Barbara estaba en cama, dos personas golpearon a la puerta de la habitación y se presentaron como agentes del FBI, con placas en la mano. Dijeron que había ocurrido un accidente de tránsito que involucraba a alguien cercano. Jane Mackle se preocupó y los dejó pasar.

Eran Gary Steven Krist, un joven de 23 años con antecedentes por robo y estafas, y su cómplice, Ruth Eisemann-Schier, de 26, inmigrante hondureña de familia judía austrohúngara. Su plan estaba preparado al detalle: secuestrar a Barbara para exigir rescate a su padre millonario. Entraron armados, redujeron a la madre con cloroformo y sujetaron a Barbara. Le pusieron cinta adhesiva en la boca, la ataron y la sacaron a la fuerza del motel.

Jane Mackle quedó tendida en el suelo, aturdida y aterrada. En cuestión de minutos, su hija había desaparecido en manos de dos extraños que usaban insignias falsas del FBI.

Para Barbara, comenzaba la pesadilla

Fue llevada en automóvil hasta un paraje boscoso cercano a Norcross, Georgia. Allí, Krist y Eisemann-Schier habían preparado la pieza central de su plan: un ataúd de madera y fibra de vidrio diseñado como cápsula de supervivencia subterránea.

Gary Krist, el secuestrador de Barbara.
Gary Krist, el secuestrador de Barbara.

La caja medía poco más de un metro ochenta de largo y unos sesenta centímetros de ancho. No era un cajón improvisado: Krist había invertido semanas en acondicionarlo. Tenía un sistema rudimentario de ventilación con tubos de plástico que llegaban hasta la superficie, una lámpara alimentada por batería, un ventilador pequeño, varias botellas de agua y hasta leche con brandy para mantenerla hidratada y atontada. Incluía barras energéticas, tranquilizantes y un libro: The Berlin Diary, de William Shirer (un relato sobre el ascenso del nacionalsocialismo). En un costado había un recipiente plástico para orina y heces. Era, en apariencia, una “cápsula de supervivencia”, pero en el fondo no dejaba de ser un ataúd.

Barbara, aún febril y debilitada por la gripe, fue obligada a escribir una carta que le dictaron y luego a entrar en la caja. Le dieron pastillas sedantes y le explicaron que estaría segura si su familia pagaba el rescate. Luego cerraron la tapa, atornillaron los bordes y comenzaron a cubrirla con tierra. La joven escuchaba el golpeteo de palas sobre la superficie, cada palada alejándola más de la vida cotidiana para hundirla en una pesadilla inimaginable: ser enterrada viva.

Dentro de la caja, el aire llegaba en ráfagas frías por los tubos, el ventilador zumbaba con una fuerza mínima, y la oscuridad solo se interrumpía con la tenue luz de la bombilla. El silencio del bosque pesaba tanto como la tierra sobre ella.

El reloj de la pesadilla había comenzado a correr

Era el 17 de diciembre de 1968. Cada hora, en ese encierro, dependía de la voluntad de sus captores, de la eficiencia del FBI y, sobre todo, de que el rescate llegara a tiempo.

En cuanto Jane Mackle recobró el sentido en la habitación del motel, avisó a la policía. La noticia corrió con rapidez: la hija de George Mackle, el poderoso empresario inmobiliario de Florida, había sido secuestrada en Atlanta. El FBI se movilizó de inmediato. Era un caso de alto perfil: no solo por la fortuna del padre, sino porque el secuestro de una joven universitaria, en un año marcado por violencia política y social, capturaba la atención de todo el país.

El secuestrador tomó esta fotografía que muestra a Mackle en su ataúd y la utilizó como parte de su nota de rescate.
El secuestrador tomó esta fotografía que muestra a Mackle en su ataúd y la utilizó como parte de su nota de rescate.

La primera comunicación de los secuestradores llegó pocas horas después. Una voz masculina, fría y metódica, exigió 500.000 dólares en billetes de 20. Para dar prueba de vida, entregaron a la policía una carta escrita de puño y letra por Barbara. En ella, la joven relataba que estaba bien, que estaba encerrada en un ataúd pero con aire suficiente, y suplicaba que se pagara el rescate. Era la confirmación escalofriante de que estaba bajo tierra, pero viva.

George Mackle aceptó sin titubear

La fortuna familiar venía de la construcción de grandes urbanizaciones en Florida y el dinero no era un problema. Lo que importaba era la vida de su hija. La familia reunió el monto en efectivo, bajo la supervisión del FBI, que anotó los números de serie de todos los billetes.

La tensión en la mansión de los Mackle era insoportable. Los agentes del FBI instalaban teléfonos especiales para interceptar las llamadas, los periodistas merodeaban la entrada y cada minuto que pasaba sin noticias aumentaba el pánico. Jane se debatía entre la culpa de haber abierto la puerta del motel y la desesperación por rescatar a su hija.

Mientras tanto, en la caja bajo tierra, la joven sentía el tiempo desmoronarse. Le habían prometido aire suficiente para varios días, pero cada inspiración era un recordatorio de su fragilidad. Su única esperanza era esa carta que había escrito antes del entierro, esperando que sus padres la leyeran a tiempo.

El FBI, con la carta manuscrita de Barbara en la mano, se encontró con una mezcla de alivio y terror. Alivio, porque la joven estaba viva; terror, porque las líneas confirmaban que estaba enterrada en algún lugar remoto, con aire limitado. El tiempo se convirtió en el enemigo principal.

Rastrearon llamadas telefónicas y movimientos sospechosos en las inmediaciones de Atlanta. El dinero del rescate ya estaba preparado, y el FBI tenía un plan: entregar los billetes marcados y seguir a los secuestradores hasta el escondite. Pero Krist era astuto: se movía con precauciones, cambiaba de coche, no repetía rutas, y dejaba instrucciones en lugares previamente acordados.

La carta de Barbara era breve, escrita con trazos tensos: confirmaba su identidad, decía estar con vida y pedía que se cumplieran las exigencias. Esa hoja fue mostrada a los padres como prueba indiscutible. George Mackle, con el rostro desencajado, repitió una y otra vez que daría lo que hiciera falta.

Rastrillajes fallidos

Mientras tanto, equipos del FBI registraban bosques, casas abandonadas y terrenos baldíos en los alrededores de Norcross y Decatur, siguiendo pistas vagas, testimonios de vecinos y huellas de neumáticos. Cada rastrillaje terminaba en nada.

La prensa comenzó a publicar titulares como: “La heredera enterrada viva”; “Carrera contra el tiempo en Atlanta”. El país entero estaba pendiente, pero esa atención mediática no ayudaba a la investigación: los secuestradores también leían los diarios y cada noticia podía empujarlos a precipitarse.

Fuente: TN

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