La Independencia que tenemos y la que no

Los argentinos conmemoramos hoy el 203° aniversario de la declaración formal de la Independencia nacional. El proceso que concluyó el 9 de Julio de 1816 en la casa de doña Francisca Bazán de Laguna (la famosa “Casa de Tucumán”) no fue sencillo ni pacífico. La Revolución de 1810 y el Primer Gobierno Patrio no habían resultado suficientes para la idea independentista, ya que la falta de consenso entre nuestras provincias, los conflictos en Europa, la pobreza y la necesidad de contar con el encubierto apoyo de Inglaterra (aliada de España) provocaron que la postura de los revolucionarios no se concretara en la práctica de forma completa.
Sin embargo, el 9 de Julio de 1816, los 33 diputados de las Provincias Unidas del Río de la Plata dejaron de lado seis años de maniobras políticas, especulaciones y elucubraciones sectoriales interesadas para decirle basta al dominio español. Pero también dejaron claro el objetivo de independizar a los individuos de la sumisión al Estado, procurando la libertad individual y la igualdad ante la ley.
Aquella declaración de 1816 tuvo como precedente una comunidad unida en la cohabitación de un territorio y por el acuerdo en torno a un proyecto común, capaz de mantenerse y de crecer más allá de las divergencias políticas de sus habitantes, con el fin de tener una sociedad mejor y más justa, trascendiendo a las personas y los tiempos.
Desde aquella jornada fundacional en Tucumán, el concepto de “Independencia” ha variado. Hoy, la soberanía de los países periféricos como el nuestro se encuentra radicalmente afectada por el contexto económico internacional y por las medidas que adoptan en ese sentido las principales potencias mundiales (y nuestros dirigentes). Por otra parte, las pretendidas libertad individual e igualdad ante la ley son aún un ideal pocas veces practicado.
Este día debería servirnos como faro guía para seguir trabajando en pos de concretar lo que aquellos patriotas imaginaron hace más de dos siglos.