Las modernas formas de comunicación y sus diferentes herramientas han venido a modificar sustancialmente la manera en que los seres humanos generamos, distribuimos y aprovechamos los mensajes que compartimos con nuestros congéneres.
En ese marco, las redes sociales constituyen sin dudas un fenómeno destacable, ya que muchos de sus usuarios, que son (somos) millones en el mundo y en nuestro país ven –o creen ver– en ellas un canal válido para obtener datos sobre aspectos de la realidad que no son reflejadas por los medios de información tradicionales.
El uso de teléfonos móviles inteligentes, tablets, PC y otros dispositivos móviles con capacidad de conectarse a internet facilitó la propagación de información. Y así como la parte positiva de ese movimiento es la celeridad y la mayor cantidad de datos con que el público puede contar, lo negativo del asunto es que también circula por esos medios una cantidad muy importante de información falsa.
Si es verdad que, como señalan los expertos e investigadores de los fenómenos de la comunicación, en este mundo de redes sociales «cada usuario es un medio», eso demanda asumir un grado de responsabilidad a la hora de reproducir y consumir información sensible, porque de lo contrario estas valiosas herramientas de la comunicación se convierten en terreno fértil para la propagación de evaluaciones interesadas o falaces de hechos que ocurren o, incluso, la presentación de sucesos que nunca ocurrieron.
Frente al fenómeno del rumor, debe oponerse la actitud crítica del usuario (de todos nosotros), que debe adoptar como práctica cotidiana el chequeo de la información que, por más verosímil que resulte, debe ser comprobada a partir de fuentes identificadas y confiables. De esa forma, no solo tendremos un panorama fidedigno de lo que queremos saber sino que, además, nos dispondremos a mayor distancia del hecho de ser tomados como objetivo de quienes, interesadamente, mienten o nos muestran una verdad sesgada.





