La panacea económica: el RIGI no, ¿el Super RIGI sí?

La arquitectura económica del oficialismo nacional encontró en el Régimen de Incentivo a las Grandes Inversiones (RIGI) su principal estandarte de fe. Diseñado originalmente como una estructura de privilegios fiscales, aduaneros y cambiarios sin precedentes por un lapso de treinta años, el mecanismo fue presentado ante la sociedad civil como la panacea definitiva, una llave maestra capaz de destrabar el ingreso torrencial de dólares. Sin embargo, el transcurrir del tiempo corrió el velo de la urgencia discursiva: el RIGI original no logró atraer el flujo de capitales que el Gobierno central -y el mendocino- sostuvo con vehemencia en los foros empresariales. Ante esa parálisis, la respuesta oficial no ha sido la revisión del rumbo, sino la huida hacia adelante mediante la gestación del denominado «Super RIGI», una vuelta de tuerca que no altera la matriz del modelo, sino que la profundiza hasta límites institucionales alarmantes.
La diferenciación entre ambas etapas expone la gravedad del escenario actual. Mientras que la versión original del régimen ya otorgaba concesiones leoninas en materia impositiva y de libre disponibilidad de divisas, el «Super RIGI» se configura como una radicalización de esos mismos privilegios. No se trata de un cambio de paradigma, sino de la misma receta pero aplicada con una mayor dosis de desregulación y una entrega más explícita de las autonomías normativas. Si el primer intento chocó contra la desconfianza del gran capital internacional —que exige seguridad jurídica sustancial antes que meras exenciones fiscales—, esta nueva versión pretende seducirlo ampliando las áreas de cobertura, relajando aún más los controles ambientales y extendiendo los plazos de entrega de los recursos estratégicos del país.
El interrogante de fondo perfora la superficie del debate técnico: si la primera versión resultó inocua para reactivar la economía real, ¿por qué una profundización de sus mismos vicios habría de convertirse en la solución real para los desequilibrios estructurales? Al consagrar un esquema que flexibiliza aún más la importación de insumos clave sin aranceles y debilita los encadenamientos productivos obligatorios, el «Super RIGI» agudiza el riesgo de asfixiar de manera definitiva al entramado de pequeñas y medianas empresas nacionales, obligadas a competir en una flagrante desigualdad de condiciones mientras sostienen el grueso del empleo genuino en el interior.
La economía real no se dinamiza mediante normativas de excepción cada vez más profundas que benefician de manera exclusiva a los sectores concentrados del extractivismo. Hasta tanto el diseño de las políticas públicas no abandone la pretensión de estas panaceas mágicas y se vuelque a la reconstrucción de las variables básicas de la producción local, este nuevo andamiaje continuará formando parte del catálogo de ilusiones oficiales: una ambiciosa quimera que se declama en los escritorios del poder liberal, pero que posterga, una vez más, el desarrollo real del llano comunitario.