La historia económica argentina parece cíclica, un eterno retorno donde el éxito de los indicadores macroeconómicos suele ser inversamente proporcional al bienestar de las mesas familiares. Al cierre de este 2025, el INDEC arroja cifras que el poder central exhibe con triunfalismo: una inflación que se ha estacionado en niveles bajos comparados con el abismo previo. Sin embargo, detrás de esa aparente estabilidad, subyace una inercia ascendente y venenosa que, desde mediados del año pasado, ha comenzado a erosionar el ya magro poder adquisitivo de la ciudadanía.
Es imperativo analizar esta «paz de los cementerios» que pregona el gobierno de Milei. Si bien la curva inflacionaria se ha amesetado, lo ha hecho sobre un piso de precios que ya resultaba prohibitivo. La promesa de exterminar la inflación se ha cumplido en el papel, pero el método aplicado —una alquimia de recesión inducida y secado de plaza— ha generado un siniestro económico cuyas víctimas principales son los trabajadores y la clase media.
En San Rafael, este fenómeno se traduce en una postal desalentadora. Mientras los mercados celebran los trofeos de la macroeconomía, el pequeño comerciante local enfrenta persianas que amenazan con bajar definitivamente. No hay estabilidad sostenible sin consumo, y no puede haber consumo cuando el salario se ha convertido en un elemento efímero que se deshace antes de alcanzar la mitad del mes.
La negativa sistemática a homologar paritarias que pretendan, al menos, empatar la realidad, revela la crueldad del plan actual. Se ha priorizado el equilibrio fiscal y la cifra de un dígito por sobre la dignidad humana. En nuestro departamento, como en el resto de la nación, la pregunta es inevitable: ¿A qué costo se ha domado al dragón? El costo es una sociedad asfixiada, donde el trabajador debe optar entre abonar los servicios básicos o garantizar el sustento alimentario.
La estadística es un consuelo de tontos si el proyecto de país no contempla a las personas dentro de los números.




