El Observatorio de la Deuda Social Argentina de la Universidad Católica Argentina (ODSA-UCA) dio a conocer un minucioso diagnóstico sociodemográfico que expone la coexistencia de tendencias contrapuestas en las condiciones de vida de la población. Mientras que la desaceleración de los precios y la actualización de las canastas de referencia provocaron un marcado descenso en la tasa de pobreza medida estrictamente por ingresos corrientes, los indicadores multidimensionales revelan un sostenido deterioro en el acceso a la salud, un fuerte impacto de las tarifas fijas en la economía doméstica y una alarmante consolidación del empleo informal. Eduardo Donza, sociólogo e investigador del ODSA-UCA, desarmó la metodología detrás de las estadísticas oficiales, analizó las transformaciones del mercado laboral y advirtió que la caída de la inflación no se traduce automáticamente en bienestar estructural.
La caída nominal de la pobreza monetaria responde a variables macroeconómicas precisas, pero choca con una canasta de consumo cuya composición no refleja los gastos reales y fijos que hoy afrontan los hogares. «Hay que marcar la diferencia entre los distintos indicadores, porque a veces el indicador de pobreza por ingresos parece muy ese éxito, casi un éxito de gestión, debido a que concurrieron varios factores para que se marque un descenso muy acentuado que otros indicadores de calidad de vida de la población no muestran», expuso Eduardo Donza al principio del reportaje.
«Cuando uno toma la pobreza por ingresos, la desaceleración de la inflación contribuyó a una baja muy fuerte, sumada a una mediana recuperación de los ingresos de los hogares y al hecho de que tenemos una canasta de medición desactualizada, cuya estructura de gastos responde a los años 2004 y 2005. Eso hace que los servicios —como la electricidad, el agua, las expensas, los medicamentos o la medicina prepaga— tengan un peso ponderado menor en la estadística. El aumento muy fuerte que tuvieron estos gastos fijos en la realidad fue mucho mayor que el porcentaje que se les asigna en la medición tradicional«, amplió la información.

Radiografía del descenso monetario frente a la percepción de escasez
Al contrastar los momentos de mayor tensión inflacionaria tras la devaluación inicial con los registros actuales, la brecha de ingresos se redujo de manera veloz, aunque la sensación de privación en el consumo básico permanece estancada. «Si uno toma el momento más álgido después de que asume el actual gobierno, cuando se devaluó en diciembre de 2023, en enero de 2024 la pobreza por ingresos alcanzaba el 52%. El último dato muestra que bajó al 38%. Si uno lo mira de forma aislada, parecería un éxito rotundo», dijo Donza en FM Vos 94.5.
«Sin embargo, cuando se agregan otros indicadores vinculados a la calidad de vida, como el porcentaje de personas que viven en hogares donde los ingresos no alcanzan para los gastos comunes, la realidad es otra. En aquel momento crítico el 50% de las personas manifestaba que no le alcanzaba el dinero, y hoy esa cifra es del 47%. Es decir, la percepción de no llegar a fin de mes bajó de forma mínima, casi imperceptible, a pesar del fuerte descenso de la pobreza monetaria», argumentó.
Cobertura sanitaria y la pérdida de la calidad en el empleo formal
Según su visión, el acceso al sistema de salud funciona como un termómetro directo del nivel de formalidad de la economía, reflejando cómo la precarización laboral impacta directamente en el acceso a la medicina privada y de obras sociales. «Como los indicadores de privación social no dependen exclusivamente de los ingresos monetarios, tienden a mantenerse en la misma situación crítica o incluso a agravarse. El acceso a la salud es un indicador sumamente sensible a la calidad del mercado de trabajo. Por supuesto que todos los ciudadanos tenemos garantizado el acceso al sistema de salud pública, pero lo que este indicador mide de forma multidimensional es el hecho de no contar con una obra social o con un contrato de cobertura médica prepaga», explicó.
«En ese sentido, se observa una desmejora que responde de manera directa al mercado laboral. El problema central en Argentina es la precarización y no la desocupación. El desempleo aumentó un poco en los últimos años, pero no tanto, porque una persona que pierde el trabajo —sobre todo en los estratos sociodemográficos más bajos— no puede darse el lujo de quedarse desocupada; tiene que generar inmediatamente cualquier actividad que le provea un sustento», fundamentó el investigador.
La presión de los costos fijos sobre los ingresos de la clase media
En medio de este panorama, el pluriempleo doméstico se consolidó como la principal herramienta de amortiguación para evitar la caída de los sectores medios hacia la vulnerabilidad, enfrentando un esquema donde los costos de subsistencia crecen por encima del promedio general.
«En los estratos más bajos se desarrollan actividades de subsistencia como el cartonero tradicional o la venta ambulante; un escalón por encima se ubican quienes reparten comida en bicicleta o realizan transporte de personas a través de aplicaciones digitales», detalló Donza.
«Igualmente, el fenómeno se extendió. Hoy vemos un aumento del empleo secundario en personas que antes vivían con un solo trabajo. Actualmente, un empleado estatal registrado tiene que cocinar algo para vender afuera o encender una aplicación de transporte al terminar su jornada para generar un ingreso extra para su familia. Nos enfrentamos a un escenario donde los gastos fijos de la estructura del hogar son cada vez más grandes y pesados, transformando los gastos corrientes indispensables para seguir viviendo en un terreno donde sobrevivir es cada vez más difícil», completó su análisis.







