La pedagogía del desprecio y el efecto cascada

En la arquitectura del poder actual, la palabra ha dejado de ser un puente para convertirse en un proyectil. De un tiempo a esta parte, parece haberse institucionalizado un estilo donde la ironía, el desdén y la descalificación del otro no son exabruptos, sino el núcleo mismo del mensaje dirigencial. Esta pedagogía del desprecio, que nace en el vértice del Ejecutivo nacional, se derrama con una eficacia quirúrgica hacia el resto de la estructura y, fundamentalmente, hacia su militancia digital.

El problema no reside únicamente en la acidez de un vocero o en la destreza para el «clip» de redes sociales. Lo verdaderamente preocupante es la validación de la agresividad como herramienta política legítima. Cuando la respuesta técnica ante una pregunta incómoda sobre salud, educación o economía es reemplazada por una burla sobradora, se le está dando permiso a toda la cadena de mando —y al ciudadano de a pie que comulga con el espacio— para actuar de la misma manera. Se instala la idea de que quien piensa distinto no es un adversario con el cual debatir, sino un enemigo al que hay que humillar públicamente.

Este derrame de intolerancia impacta de lleno en la calidad institucional. En las provincias y en los municipios, el eco de esta «cascada» llega transformado en una negativa al diálogo y en una cerrazón que impide los consensos mínimos necesarios para la gobernabilidad. Si el ejemplo que baja desde el puerto es que la gestión se valida a través del conflicto y la descalificación, el tejido social termina por deshilacharse en cada rincón del interior.

En San Rafael, sabemos bien que la política territorial exige una cercanía que el algoritmo de las redes sociales desconoce. Por ahora… Sin embargo, la lógica de la «cascada» amenaza con contaminar esa cercanía, reemplazando la discusión de los problemas locales en los ámbitos institucionales por las mismas malas artes comunicacionales que bajan desde el epicentro político nacional.

La República requiere de formas que honren la investidura de quienes hablan en nombre del Estado. Cuando el cinismo se convierte en la norma y la información se transforma en entretenimiento para la propia tropa, lo que se pierde es el respeto por el ciudadano que busca respuestas. Gobernar no es ganar -o creer ganar- una discusión en redes sociales; es gestionar la complejidad de una nación que necesita, hoy más que nunca, menos ironía y mucha más sensibilidad.