Habitualmente, los argentinos creemos que somos originales en todo, incluso en los pesares que nos aquejan. Sin embargo, los hechos nos demuestran que lo que pensamos como hechos “que solo podrían ocurrir aquí” ya han pasado en otros lugares. En esta inteligencia, la falta de consenso respecto a las ideas que nos deberían unir como comunidad, entre los ciudadanos y entre estos y los dirigentes, es una constante del comportamiento humano.
Y es que, en definitiva, esas controversias se basan generalmente (muchas veces de forma fanática y sin sentido) en la pregunta “qué tipo de sociedad queremos?”. La cuestión parece sencilla de responder si uno piensa en el ideal de bien común y sus compañeras libertad, justicia, seguridad e igualdad, pero luego constatamos que cada cual tiene su propia versión de ellas y que en todo caso no es fácil que combinen unas con otras sin eso que el filósofo alemán Max Weber llamaba «choque de dioses».
Quizás un principio de respuesta a aquella pregunta acerca de la sociedad que queremos nos lo dé el escritor español Fernando Savater, quien afirma que “necesitamos una orientación general debatible y no un recetario de dogmas inapelables”.
También podríamos reparar en las enseñanzas que nos legara el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén Avishai Margalit en su libro “La sociedad decente”. En dicha obra, Margalit establece una diferencia entre sociedad civilizada y sociedad decente. En la primera sus miembros no se humillan los unos a los otros, en la segunda las instituciones no humillan a las personas.
En Argentina aún resta mucho para hacer, en uno y otro sentido. Entre los civiles, el desafío mayor parece centrarse en retomar el sendero del respeto para con el otro, con los disensos necesarios pero sin la idea siempre a la mano de la eliminación del distinto. Institucionalmente, en tanto, deberemos lograr que las medidas de nuestros gobernantes no nos humillen y sean contestes con nuestros intereses. Por ahora, el camino elegido parece ser el diametralmente opuesto.




