Las encuestas indican que Biden se encamina a la presidencia

Cuando faltan ya menos de 100 días para la realización de las próximas elecciones presidenciales norteamericanas, el Partido Demócrata parecería encaminarse hacia el triunfo.

En efecto, mantiene una clara distancia respecto de la candidatura de Donald Trump, al que aventaja por entre ocho y doce puntos porcentuales, a estar al promedio de las muchas encuestas de opinión que siguen de cerca la marcha de las dos candidaturas presidenciales.

Curiosamente, esta vez la preocupación central de los votantes norteamericanos parecería no centrarse fundamentalmente en el estado de la economía de su país, como ha sido habitual. Sino, más bien, en la evolución de la peligrosa pandemia de “coronavirus”. Por ello, si de pronto aparece una mejora sensible en la lucha por tratar de controlar esa dura pandemia, las posibilidades de triunfo de Donald Trump podrían, eventualmente, llegar a mejorar.

Pero no nos engañemos, lo económico, al final, siempre pesa. Los norteamericanos, como otros pueblos, nunca olvidan el estado de sus bolsillos cuando concurren a las urnas, para elegir allí a sus presidentes. No son, ciertamente, es necesario insistir, los únicos que actúan de ese modo. Y, por el momento al menos, la marcha de la economía norteamericana no está para nada mal, por cierto.

Cuando se pregunta a los futuros votantes que es lo que opinan sobre la gestión de Donald Trump que está en curso, tan sólo un 40% de ellos la aprueba, mientras un sólido 55% la desaprueba.

Lo antedicho arroja, para Trump, un promedio negativo de -15 puntos porcentuales. Y lo cierto es que nadie, desde la ya muy lejana década de los 40, se instaló en la Casa Blanca con ese bajo nivel de opinión. El promedio histórico ha sido de 23 puntos porcentuales, pero positivos. Trump parece entonces estar bastante lejos de la posibilidad de ser fácilmente reelecto, casi demasiado lejos.

Sólo Harry Truman, en el año 1948, con cifras que fueron relativamente similares, logró -en un esfuerzo, cuesta arriba- obtener la re-elección que buscaba.

Como las elecciones norteamericanas son indirectas, esto es como allí se vota por electores y no por el propio presidente, interesa también conocer cuáles son las cifras actuales en materia de electores obtenidos por los contendores en su camino hacia las elecciones. Y aquí la distancia entre ambos candidatos es clara. Biden tiene ya en su favor a unos 352 electores. Trump, en cambio, tan sólo a unos 186. Si los comicios en curso, de pronto, tuvieran lugar hoy, los medios auguran que Joe Biden obtendría unos 400 electores, para con ellos alcanzar la ansiada presidencia de su país.

Si miramos lo sucedido con Hillary Clinton, en el año 2016, Joe Biden está hoy en mucho mejor posición que ella. La Sra. Clinton obtuvo un promedio de 44% de posibles votos a favor, contra sólo 38%. Y Joe Biden cuenta, por su parte con uno del 52%, contra uno del 40% que corresponde, en cambio, a Donald Trump.

Biden tiene una ventaja que no pareciera ser menor: luce más honesto que el actual presidente del país del norte y esa imagen pesa mucho en los EEUU, a diferencia de lo que desgraciadamente sucede en otras latitudes, como en la Argentina, donde la corrupción parece, desafortunadamente, no haber descalificado, como era de suponer, a algunos de los contendores a la presidencia del país, que siguen estando, pese a todo, en carrera.

Factores inusuales
En esta elección pesarán algunos factores que, en mi opinión son bastante inusuales.

En primer lugar, cabe apuntar que los extremismos han crecido mucho en los EEUU. Por ello, la elección presidencial que se aproxima puede ser muy distinta.

Las llamadas milicias de la extrema derecha (irregulares, aunque armadas) aparecen con frecuencia en torno las protestas y hay grupos activos que son muy poco transparentes, que tratan de influenciar -por fuera de las estructuras política tradicionales y casi siempre con ideas más bien radicales- las intensas discusiones políticas actuales.

El nivel de intimidación pública que esas milicias extremistas suponen es simplemente algo asombroso. Y muy preocupante, por cierto. Pero ellas no han desaparecido, sino que siguen actuando abiertamente, a la vista de todos.

Ellas proyectan, por lo demás, una fea sombra de posibles brotes de violencia, que no es nada saludable para un país que históricamente ha sido, aunque con sus más y con sus menos, un ejemplo de democracia, así como de tolerancia y respeto por la libertad de opinión y el disenso.

Segundo, el propio Donald Trump, con el constante diluvio de debates que provocan sus innumerables y hasta proverbiales “twitts”, no ayuda en nada a calmar las aguas, hoy inusualmente revueltas.

En la enorme -e influyente- ciudad de Nueva York, el supuestamente progresista alcalde local, Bill de Blasio, incluye, llamativa e intempestivamente, citas específicas a Karl Marx en sus apariciones públicas, lo que suena bien raro y no es, para nada, algo común en los procesos electorales norteamericanos. No creo que logre ser reelecto, como pretende, desde que su gestión cotidiana deja mucho que desear.

Tercero, en la ciudad de Portland, en el estado de Oregon, las fuerzas federales -allí desplegadas para recuperar el orden- en rigor no han podido todavía pacificar a una ciudad que, conducida por los demócratas, lleva ya semanas de protestas fuertes con algunos ribetes de corte anarquista, que tampoco han sido -hasta ahora al menos- frecuentes en el pasado, en el hoy fuertemente convulsionado país del norte.

Las autoridades locales rechazan la presencia de esas fuerzas federales que procuran poner orden en un medio urbano muy alterado y pidieron, sin éxito, ante la propia justicia federal que ordenara su retiro inmediato de la ciudad, que sufre ya semanas de un caótico y muy poco común espectáculo de pronunciado desorden, que ha estado realmente lleno de peligrosos desafíos y provocaciones graves, de todo tipo.

El factor China
Cuarto, desde el capítulo mismo de la política exterior, los diferendos abiertos con la gran potencia rival, que hoy es claramente China, también tendrán seguramente algún impacto.

Los inusuales cierres respectivos de Consulados de ambos países y los chispazos reiterados que se producen entre los gobiernos de las dos naciones no han pasado, para nada, desapercibidos. Y están creciendo constantemente.

Lo cierto es que, de pronto, los norteamericanos no pueden dejar de advertir que existe otra enorme nación que les está compitiendo, de igual a igual, por tratar de ocupar el centro mismo del escenario del mundo: China, que cada vez está actuando de manera más dura, asertiva y hasta audaz.

Y que se trata de un modelo rival, que -una vez más- prefiere inocultablemente al autoritarismo, por sobre las instituciones centrales y las distribuciones y balanceos de poderes que son los clásicos de las democracias y predominan en los EEUU. Y de un rival que elige la represión constante para gobernar con ella, por sobre las actitudes de tolerancia y respeto por las diferencias ideológicas.

La tensión abierta entre los dos países mencionados ocupa diariamente los titulares de los principales diarios del país del norte. No puede, por ello, dejar de tener un claro impacto, entonces, en la contienda electoral presidencial del próximo mes de noviembre, que promete no sólo ser muy reñida sino, además, inusualmente intensa en lo que a debates ideológicos se refiere.