Las huellas del arte rupestre en San Rafael: entre la historia y la necesidad de preservación

San Rafael guarda, casi en silencio, un patrimonio que en otros puntos del país es motivo de orgullo, turismo y políticas de conservación: el arte rupestre.

Pinturas y grabados sobre roca que no son “dibujos viejos”, sino mensajes de miles de años, marcas de presencia humana y memoria viva del territorio. Durante décadas, el doctor Humberto Lagiglia lo señaló con precisión en sus investigaciones, describiendo una geografía amplia de sitios y reparos que, con el paso del tiempo, parecen haber quedado fuera del radar cotidiano.

La comparación con otros lugares ayuda a dimensionar lo que está en juego. En Santa Cruz, la Cueva de las Manos es Patrimonio Mundial de la UNESCO y se convirtió en símbolo del arte rupestre argentino, con escenas y motivos realizados entre aproximadamente 13.000 y 9.500 años atrás.

En Neuquén, investigaciones científicas lograron datar de manera directa pinturas en Cueva Huenul 1 de unos 8.200 años. Guachipas (Salta) es otro ejemplo de cómo estos sitios pueden transformarse en referencia cultural, con aleros que muestran escenas y figuras vinculadas a la vida cotidiana, ceremonias y fauna.

En cambio, en San Rafael —donde también hay registros y descripciones detalladas— el arte rupestre parece vivir una paradoja: existe, pero muchas veces no se ve.

LOS DESCUBRIMIENTOS DE LAGIGLIA

Lagiglia advertía que, en el centro sur de Mendoza, en el ámbito de la Sierra Pintada o Bloque Exhumado San Rafael, hay numerosos sitios con manifestaciones prehistóricas.

En sus textos mencionaba un corredor de parajes con características singulares desde el Rincón del Atuel hacia el sur, y también reparos al norte del Diamante, como la Cueva del Durazno, en cercanías de la Estancia Las Violetas o Las Vertientes.

En el mapa rupestre del sur sanrafaelino, el propio Lagiglia subrayaba la densidad de estaciones en la zona del Rincón del Atuel y enumeraba lugares: el Reparo de las Pinturas Rojas, la Gruta del Indio, el Salto del Morado, La Punta de la Loma Larga, El Rincón, las cuevas del Cerro Negro y Las Tinajas.

Este último, en cercanías de Valle Grande, terminó siendo el único espacio que logró consolidarse como parque y reserva arqueológica, una excepción dentro de un patrimonio mucho más amplio.

Más hacia el sur aparecen los grabados en roca, como los del Zanjón de la Sandía y los petroglifos de Ponontreua, conocidos popularmente como las piedras de “Las Caritas”.

Y en el entorno también se registran reparos con pinturas en sectores como Las Ciénagas de Agua de la Mula, Agua de los Caballos, Aguas Calientes y distintos puntos que se extienden por los faldeos del Cerro Nevado, donde el paisaje de secano convive con esas marcas antiguas que todavía resisten.

PINTURAS RUPESTRES Y PETROGLIFOS

Lagiglia distinguía dos grandes tipos de expresiones: pictografías, que son pinturas rupestres, y petroglifos, que son grabados. Y señalaba algo que se repite en muchos sitios: abundan los motivos abstractos, geométricos, a veces complejos, pero también aparece el arte figurativo, donde pueden reconocerse formas y escenas de animales.

Uno de los puntos más conocidos por el público es la Cueva del Indio, ubicada a unos 28 kilómetros de la Ciudad, cerca de El Escorial. Se trata de una gruta de alrededor de 70 metros de longitud, en la que se identificaron distintos grupos de pinturas indígenas, predominando —según los registros— los motivos geométricos.

Allí, como en tantos otros lugares, el valor no está solo en lo que se observa, sino en lo que representa: una ventana directa a las primeras historias del sur mendocino.

El desafío, quizás, sea volver a mirar. Porque el arte rupestre no es un recurso infinito: se desgasta, se vandaliza, se pierde con intervenciones mínimas. Ponerlo en agenda no es solo una cuestión de orgullo patrimonial, sino de responsabilidad. San Rafael tiene huellas que cuentan una historia milenaria; cuidarlas es decidir que esa historia siga estando.