Las mochilas del desconcierto

El clima que se respira en las puertas de las escuelas de Mendoza ha dejado de ser de preocupación para transformarse en rechazo. La implementación de medidas de control, que incluyen la requisa de pertenencias y una vigilancia que altera la esencia misma de la jornada escolar, ha chocado de frente con la paciencia de los padres. Lo que el sistema educativo presenta como una respuesta necesaria ante la ola de amenazas, es percibido por las familias como una carga desproporcionada que recae sobre los alumnos, convirtiendo la entrada al aula en un trámite de sospecha permanente.

El enojo de los padres no nace de la falta de conciencia sobre el peligro, sino de la sensación de que el peso del cuidado se ha trasladado de la investigación oficial al contenido de una mochila. Para muchos, ver a sus hijos sometidos a controles diarios no solo resulta angustiante, sino que lo sienten como una vulneración de la intimidad que no soluciona el problema de fondo. Hay un reclamo creciente por la falta de respuestas claras: los padres exigen que la tecnología y la inteligencia judicial encuentren a los responsables en lugar de transformar cada escuela en un retén donde los chicos son tratados como potenciales sospechosos.

Esta tensión ha generado una grieta en la comunidad educativa. Por un lado, la normativa que obliga a directivos y docentes a ejecutar revisiones; por el otro, familias que ya no están dispuestas a que la rutina de sus hijos se vea intervenida por un clima de hostilidad. El rechazo no es solo a la medida en sí, sino a la falta de un horizonte de normalidad. Se percibe que estas acciones son paliativos que no desactivan el origen de las amenazas, pero que sí dañan el vínculo de confianza entre la institución y la casa.

En definitiva, la escuela está en una encrucijada donde la seguridad no puede ser la excusa para el hostigamiento burocrático. El límite lo están marcando los padres.

La comunidad escolar necesita recuperar la paz, pero eso no se logra con reglamentos que tensan la cuerda hasta el quiebre, sino con una justicia que actúe con celeridad y un Estado que no pretenda que la seguridad se resuelva revisando mochilas. La educación requiere serenidad, y hoy, entre mochilas abiertas y padres indignados, lo que menos hay en las aulas es calma.