Las transiciones tan argentinas

Se vive clima de transición en la Argentina. Sea que el presidente Mauricio Macri protagonice una remontada épica tras la dura derrota de Juntos por el Cambio en las PASO de hace dos semanas y logre una reelección que sería histórica, sobre todo por el contexto actual del país, o que, como muchos creen –lo admitan o no–, Alberto Fernández desembarque en diciembre en la Casa Rosada, los vientos de cambio se perciben a diario en el panorama nacional.
Esta última posibilidad tornaría lógico el cambio de rumbo decisorio, puesto que el propio Fernández ya ha dejado en claro en diversas ocasiones que está en las antípodas filosófico-políticas del actual presidente.
Macri, en cambio, tiene un desafío mayor: ante un mandato que puede ser analizado desde varios aspectos con evaluaciones dispares, pero que tuvo en la economía un Rubicón que no logró sortear con éxito, la necesidad de cambiar (palabra siempre relacionada con el espacio político que lidera) impone para el actual mandatario una encrucijada trascendental entre sostener sus convicciones o virar hacia decisiones que podrían granjearle críticas de propios y extraños por esa eventual incoherencia con lo hecho hasta aquí. Claro, las urnas le dieron un claro mensaje: gestionando como hasta acá, el electorado no lo va a acompañar.
Las transiciones, tan argentinas, se han desarrollado en nuestro país como un interregno entre un tiempo de desilusiones y otro de promesas. Casi siempre son hijas de un fracaso o de una emergencia. El que llega al poder, busca cambiar todo lo realizado anteriormente sin demasiadas evaluaciones. Cambiar por cambiar, aunque no cambie nada, al menos para mejor.
Que los gobiernos venideros, sean de un signo político u otro, no caigan en el error de generar una expectativa desmedida bajo la intención de olvidar malos gobiernos anteriores, prometiendo un futuro feliz que parece nunca llegar, quizás sea el primer paso para abandonar la dañosa repetición de las transiciones cortoplacistas y el trauma del “siempre volver a empezar” que nos persigue desde hace décadas.